DE OTRO POZO

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“4x4". Un debate sobre seguridad. Entre la justicia y la misericordia.

* Por Gisela Colombo

El jueves 4/4, para no romper la numerología cabalística, se estrenó “4X4”, una película de Mariano Cohn, director de “El ciudadano ilustre”. El mayor ruido en la difusión de esta obra lo ha hecho el casting: Peter Lanzani, Dady Brieva y Luis Brandoni. Ya la mención de estos tres actores sería motivo para acercarse al cine. Pero en este caso otras razones se suman.

En la primera escena de la película vemos una ciudad repleta de rejas, alarmas, cámaras de seguridad y toda serie de prevenciones contra el delito. Comienza la acción con un hombre de aspecto juvenil, vestido con un jean, una camiseta de Boca y una mochila, que intenta romper el vidrio de una camioneta 4X4 de lujo que, a juzgar por la resistencia, está blindada. No obstante, la pericia en la maniobra le permite a Ciro (Lanzani) ingresar al auto. Una vez dentro comienza a realizar una serie de acciones metódicas que revelan el hábito de robar y cierta sistematización en el procedimiento.

Cuando el acto delictivo está por terminar, Ciro se da el gusto personal de orinar sobre el cuero de los asientos traseros, lo cual descubre un fondo de rencor cultural por quienes poseen bienes como ése. Un prejuicio de clase. Y ya se dispone a bajar cuando nota con horror y desesperación que las puertas se han trabado y no hay forma de destrabarlas desde dentro.

Lo veremos ponerse violento, transpirar, deslizarse sobre su propio orín e intentar romper alguno de los vidrios. Pero por más que se esfuerce, respire con agitación y aplique su mayor fuerza, no logra hacerles un solo rasguño.

El mundo exterior, en virtud de la opacidad que tiene el polarizado, no puede ver los movimientos que ocurren dentro y, naturalmente, tampoco escucha los pedidos de auxilio del delincuente.

Ciro pronto sabrá cómo suena la voz de su carcelero. Un médico ginecólogo, viudo, de sesenta años, que fue asaltado veintinueve veces, perdió a su hija y nieto por un asalto violento que los obligó a emigrar. El hombre tiene una enfermedad terminal. No vivirá más de un año y medio. La experiencia le dice que acudir a la justicia no resuelve nada. Por eso armó una trampa ratonera y se dispone a divertirse con la cola del ratón, en una actitud teñida de sadismo.

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Cada detalle del film plantea el conflicto de seguridad en que vivimos en Argentina pero también en muchas otras sociedades que se debaten, como nosotros, sin sentar las bases filosóficas unívocas con las que debiéramos solventar las leyes. En cada caso de delito volvemos a sentirnos divididos entre la sensibilidad social que dicta proteger a los excluidos como principal función del Estado, y la indefensión de los demás, a quienes no queda más que una especie de sumisión estoica frente a la tiranía del resentimiento. El hartazgo de la desprotección pero también las cargas de cultura que se tornan una fábrica de delincuentes llevan a la tensión que manifiesta el film.

Una reflexión de Ciro alumbra esta polémica: “Hay gente que tiene tantas cosas que le sobran, que tienen que pasar de mano en mano para que todos las disfrutemos.”

No está mal, es fácil acordar con algo así. Es justa la propuesta filosófica, pero ejecutada así, unilateral y subjetivamente por los Ciros que abundan, supone algo en lo que no sé si todos podemos suscribir: anula el concepto de propiedad privada. Esta perspectiva convierte al delito de robo en una cruzada romántica contra las inequidades del mundo. Cualquier persona que desee algo que no tenga está en su derecho de obligar a “pasarlo de mano”, como un acto de justicia.

Un verdadero debate que la sociedad debiera hacer, y jamás hizo.

Los aspectos resaltables del film son la habilidad de director y guionista para sostener la acción en un ámbito cerrado durante gran parte de la película, donde el único personaje (no tiene interlocutor más que excepcionalmente) no monologa más que unas pocas palabras. No sólo se logra sostener la acción y el ritmo, sino también se manifiesta la habilidad actoral de Lanzani. Luego, los audios que va generando el Doctor Ferrari (Brieva) tienen un tono de cinismo criollo típico de quienes ya no se espantan pero tampoco se acostumbran a convertirse en víctimas permanentemente.

En la segunda parte de El Quijote de la Mancha se cuenta un episodio gracioso y doloroso a la vez, como suele convenir a Cervantes. Un labriego azota al mocito que emplea. El Quijote, en su condición de “desfacedor de entuertos”, le reclama al labriego que libere al niño. Pero el hombre cuenta que el menor es su ovejero y todos los días “pierde” una oveja. El jovencito replica que el labriego le debe nueve meses de trabajo. Entonces, desde la nobleza del caballero andante que es el Quijote se oye la exhortación enérgica de que le pague al niño y en lo próximo lo trate con cariño y dulzura. El labriego se compromete dócilmente. Espera que Don Quijote se aleje lo suficiente y ata nuevamente al niño para volver a azotarlo.

El episodio suscita en el lector una sensación de ternura por la ingenuidad con que el caballero manchego, en su pureza de espíritu, cree en la palabra del labriego y no duda ni por un instante que lo que acaba de hacer es reformar al agresor, retornarlo a la senda correcta.

No está mal tampoco. Sería una medida perfecta si el hombre fuera perfecto. Pero el Quijote parte de un supuesto falso: el labriego no es perfecto, como tampoco lo es el niño, ni el mundo. Su locura está ligada precisamente a interpretar con el signo de un texto idealizado y medieval como los que amaba leer, su realidad moderna.

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Los últimos tramos de la película oponen la mirada del Quijote encarnada por un jubilado policial (Brandoni): “el chico ya aprendió la lección”, y la de quienes no creen en la posibilidad de cambiar una cultura de odios alimentados por muchas generaciones, con un rato de empatía.

Hacia el final, el desafío hermenéutico para el espectador: Una voz en off nos comunica que el delincuente pronto será liberado, mientras un pájaro en vuelo fagocita de un bocado al grillo que acompañó a Ciro durante su cautiverio y recibió su misericordia al haber decidido no comérselo y liberarlo después.

La pregunta es la eterna polémica entre Justicia y Misericordia. ¿Qué debe hacer una sociedad con alguien que delinque? ¿Justicia, y condenarlo? ¿O misericordia, y perdonarlo? ¿Será capaz el sujeto salvado de diferenciar un acto de misericordia? ¿O interpretará aquello como compensación de las culpas que carga la comunidad por no haber ofrecido mejores oportunidades? La respuesta no se hará ver en la pantalla, ni aquí, en mis palabras, sino en la conciencia de cada espectador, que esta vez más que nunca, será quien termine de escribir la historia.

 

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