jueves 21 de noviembre del 2019

DE OTRO POZO

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"Infierno Grande", o la cacería de una valiente

* Por Gisela Colombo

“Infierno Grande” es una película de Alberto Romero, director y guionista, protagonizada por Guadalupe Docampo y Alberto Ajaka. Fueron parte del elenco también Mario Alarcón, Héctor Bordoni, Chucho Fernández, Manuel Matzkin, Javier Pedersoli, Marta Haller y Eliana de Santis.

El mismo director, en charla con el público, confesó su estrecha relación con la tierra pampeana y atribuyó a ello su deseo de filmar aquí. “Ése fue el punto de partida”. La declaración la hizo en el marco de una función especial que se realizó en el Espacio INCAA del Centro Municipal de Cultura el día domingo.

Si bien un tema como la violencia contra la mujer parece haber suscitado muchas obras artísticas últimamente, ésta es definitivamente diferente.

Estructurada como un relato de viaje, de ésos que la crítica alemana llama “Bildungsroman” o viaje de iniciación, el texto nos presenta a una mujer con un embarazo avanzado y una situación de pareja conflictiva. Lionel, el esposo, que por más abusivo que se comporte no logra en ella la sumisión ni el terror anhelados, será quien emprenda la “cacería” de una valiente.

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En la primera escena, afiches del esposo como candidato a un cargo político agregan la preocupación del sujeto por su imagen pública como un ingrediente más de la presión. No pasan más que segundos cuando ella empaca las mínimas pertenencias y es sorprendida por la reacción del agresor, quien manipula un arma que ella pretende llevarse. El escopetazo y un hombre derrumbado sobre el piso de la cocina es el resultado parcial. La mujer huye en una “chata” antigua y comienza la aventura.

Conversaciones previas que veremos en raccontos intercalados con la acción central nos descubren los celos injustificados de Lionel y el intento de un ataque físico sexual que nos retorna a la primera escena, pero la revela ahora en contexto.

María debe huir. Debe atravesar el desierto y hallar “Naicó”, un pueblo derruido del que se cuentan las leyendas más siniestras. Las fuerzas que allí se arremolinan son de orden sobrenatural si no demoníaco, según van revelando las advertencias de quienes descubren en María el propósito de llegar allí.

Lo ruinoso de las construcciones, las estaciones de servicio abandonadas, los santuarios ruteros con las botellas colgadas recuerdan la Comala de Rulfo; restoranes de mala muerte que reciben a los tiros a María y un vendedor ambulante sediento por sacar tajada del desamparo y la necesidad, tienen la impronta del surrealismo latinoamericano.

Los mitos de tierra adentro irrumpen en el imaginario popular de varios personajes. Especialmente, de un cura que anda con la Iglesia a cuestas en un carromato digno de la Comedia dell’arte italiana, con confesionario incorporado y una pobre Nuestra Señora de la Medalla “Milagrera” que se bambolea grotesca desde lo alto.

La voz que narrará la historia, es la del niño, que en la travesía viaja en el vientre de su madre.

Esa voz es nuestra. El narrador, Manuel Matzkin, con sus doce años durante la filmación, le pone acento pampeano al relato de Romero y el rostro, a un “Changuito” misterioso, hijo de la tierra y la circunstancia, baqueano, y algo nebuloso en sus apariciones, como si se tratara del fantasma de ese bebé que anida la madre, pero doce años más tarde. Un ánima venida no del pasado, sino del futuro. Casi parecido a la esperanza…

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En la misma condición está el sujeto que se confiesa miembro de una estirpe originaria pero, como el sombrerero loco de Alicia en el País de las Maravillas, toma té que extrae de una especie de bolso misterioso en tazas de porcelana fina.

Ambos parecen vagar por el pago de María, una Naicó recreada según la mirada mítica que ha hecho grande la literatura y el cine latinoamericanos.

En efecto, la alucinación que envuelve a ambos personajes es una introducción directa de lo real maravilloso y todo parece un poco alucinado y teñido por los anteojos de un García Márquez o un Cortázar en su absurdo característico.

Un acierto que aliviana el dramatismo del tema y le da originalidad al tratamiento es la música, cuyo diseño pertenece a Gustavo Pomeranec y remite permanentemente a los westerns.

Para quienes sentimos estos paisajes como escenario propio, es conmovedora la película. Porque es una iluminación por medio del arte, que des-cubre el espíritu que nos anima y es alma de la llanura. Como una versión local de realismo mágico nos invita a ver la magia en el pasto puna, en los montes de caldenes, en el aquí y ahora…