viernes 25 de septiembre del 2020

De otro pozo

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“Corazón Loco” y el debate pendiente

* Por Gisela Colombo

En los últimos días se estrenó en una plataforma de las más populosas una película llamada “Corazón loco”, pero cuyo bautismo callejero seguramente responderá a la fórmula de “la última película de Suar” en el imaginario de la gente.

Pese a la crisis de la economía argentina y mundial, a la que se refirió el productor en diversas entrevistas, la apuesta no se acobardó y lo que no pudo ser una sala de cine, se convirtió en una propuesta de las más vistas desde el miércoles 9, en la comodidad del streaming.

El acuerdo con Netflix puso a disposición del público argentino y latinoamericano esta comedia.

En rigor, en las últimas décadas, Adrián Kirzner Schwartz, tal es su verdadero nombre, ha ido afianzando un estilo que, si estuvo presente en sus primeros trabajos juveniles, desde lo actoral, hoy se ha tornado la construcción integral ya no de un personaje sino del tono, la estética y la narrativa que se ordenan a dar efectividad a la historia.

No sorprende que, como ha sucedido con otros creadores, el estilo de sus productos se haya vuelto una marca registrada y difícilmente vulnerable a la mímesis.

Hay un estilo “Suar” construido a partir de una larga lista de telenovelas, películas, y, recientemente, incluso publicidades que llevan la misma impronta de comicidad tragicómica tan afín a la sensibilidad argentina. La capacidad de reírse de sí mismo, de ver en perspectiva esos objetos que son tan connaturales a una sociedad que se tornan invisibles para sus miembros, constituyen dos de sus virtudes. Frente a las ficciones de Suar uno tiene una serie de expectativas particularísimas. Hay un tono, un ritmo y un sentido del humor que monta su eficacia en cierta observación de los estereotipos sociales.

El guión, como ya ocurrió en otras ocasiones, fue creado por Marcos Carnevale, en colaboración con Suar. Carnevale es quien además dirigió el film. Su vasta experiencia en el espectáculo desde diferentes funciones (actor, director, productor y guionista) le ha concedido la posibilidad de leer las expectativas del público, más allá de lo que se publica.

El protagonista, Fernando, es encarnado por Suar y su conflicto se revelará cuando una de las esposas con la que lleva diecinueve años de casado descubra que es bígamo. Porque así lo ve él, no como una infidelidad sino como “una familia dividida en dos”. La primera mujer, interpretada por Gabriela Toscano es una maestra, vive en Mar de Plata y tiene dos hijas adolescentes. Con ellas convive el médico traumatólogo de lunes a jueves, cuando parte en su viaje semanal hacia Buenos Aires donde lo espera su otra familia con una esposa médica también, que interpreta Soledad Villamil. Lo que vendrá después es el proceso de venganza con que ponen coto las mujeres a las licencias de Fernando.

El resultado es un espectáculo divertido y cercano, que también se presta al análisis.

Alguna crítica ha tildado el planteo argumental de anacrónico, impropio de un periodo en que emerge como un nuevo valor la “sororidad”(concepto que introduce el relato) y proliferan los juicios contra los abusos masculinos. Mis respetos a quien lo ha dicho pero su opinión categórica me hace sentir cierta exclusión. Espectadora como soy, sigo queriendo humor, libertad para hacerlo y consumirlo. Para transitarlo como un alivio a las cientos de cosas agresivas e inicuas que todos los días y de modo muy serio nos abordan en la calle.

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De tal modo, este film puede funcionar como un disparador. Es una oportunidad para propiciar un debate silenciado… ¿Qué lugar se reserva a los géneros humorísticos cuando la susceptibilidad impide pronunciarse en casi todos los ámbitos? ¿Es que el hecho de que las situaciones injustas existan censura la capacidad de crear productos de humor? ¿Acaso a fuerza de risa no capearon los pueblos sufrientes las peores pruebas? ¿No ha sido el humor un modo extraordinario para revisar las creencias?

Cada vez cuesta más encontrar producciones que se atrevan al humor en un tiempo de susceptibilidades extendidas al infinito, repleto de prejuicios lingüísticos que atribuyen a los mensajes sentidos que no se han buscado transmitir.

Lo que ocurre en tiempos circunspectos como éste es que la función estética remite.

Y el riesgo es caer en una desconfianza generalizada en que todo sea tomado con gravedad y una falta de sentido común lapidarios. Que terminen por desplumarnos las alas de la imaginación y conviertan el espectáculo en un discurso del “deber ser”,despojado de subjetividad y de goce. Un discurso que suene a rama de las Ciencias sociales, del Derecho o de la Ecología y nunca de la ficción, del cine o la literatura.

Por eso celebramos desde esta columna la persistencia de los productores que siguen creyendo y creando. Y lo hacen a pesar de las invectivas,¡y con mucho humor!