viernes 03 de abril del 2020

DE OTRO POZO

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“No hables con extraños”

* Por Gisela Colombo

La novela “The Stranger”, escrita por Harlan Coben, inspiró la serie que recientemente se agregó al listado de producciones inglesas que ofrece Netflix.

El autor de la obra literaria ha participado en la producción de estos ocho capítulos de aproximadamente una hora de duración.

Muchos consumidores de Netflix han tomado el estreno como una compensación por el retiro de la serie alemana Dark de la plataforma. Es posible que haya detrás una intención semejante. Sin embargo, no creo que sean comparables excepto en la estética descolorida típica del mundo germánico. Esa palidez de colores nos recuerda el frío de los paisajes en que sucede y el acento puesto en el mundo interno, psicológico, de los personajes.

Un autor llamado Kitto en un libro sobre el mundo griego de la Antigüedad postula que las poblaciones que tienen costa en el Mar Mediterráneo tienen una tendencia a concebir todo con realismo, mientras atribuye a los teutones y los nórdicos cierta inclinación por lo idealista. Unos conectan con la realidad objetiva de las cosas y los otros, con la percepción, muchas veces subjetiva, del receptor.

Kitto ofrece una justificación que podría explicar la palidez de los productos audiovisuales de esa región. La luz y los colores estridentes de Grecia, Turquía, Italia, Sur de España, Portugal y las costas de Asia Menor y de África obligan a ver la realidad sin tapujos. Pero cuando alguien vive de seis a ocho meses encerrado en una casa junto a un hogar y sólo ve nieve cuando observa por la ventana, la realidad se hace mucho más escurridiza. Y todo se reduce a lo que sucede en la percepción interior del sujeto. De allí el idealismo que prevalece en la filosofía de los pueblos germanos. En términos cromáticos tanto “Dark” como “No hables con extraños” responden a esa palidez característica.

No obstante, más allá de la estética, los parecidos con “Dark” son escasos. Aquella serie supone un espectador absolutamente atento, un intelecto activo que debe ir reconstruyendo lo que ve, en un cuadro general. En Dark, cada personaje tiene al menos dos o tres versiones interpretadas por diferentes actores, porque se mueve en tres tiempos distintos, por lo cual vemos a un hombre cuando era niño, cuando tenía mediana edad y luego cuando se escapaba del geriátrico. Por otra parte, los vínculos se pierden en esos pasajes temporales y alguien que viaja hacia el pasado puede tener amores con su propia madre, con su tía, etc. Lo endogámico es casi la clave de la paradoja cuántica que exhibe la serie.

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Nada de esa complicación tiene el texto “The stranger” ni su puesta en escena “No hables con extraños.” Eso no significa que no haya un hilo conductor que conecte como la columna vertebral todas las historias que se narran, en una. Existe un hilo clarísimo aunque el suspenso se cumple en torno de esa revelación. La conexión se sabrá en los últimos capítulos.
Y así como en Dark la complicación de los vínculos internos hace difícil la comprensión, aquí la unidad de conflicto facilita bastante la recepción. Lo fragmentario es sólo un momento del relato.

La historia propone como elemento que rompe una supuesta armonía inicial una mujer extraña que aparece para revelarle al protagonista una sucesión de mentiras de su esposa. Pero no será sólo Adam Price el que reciba esas noticias inquietantes. Muchos secretos del círculo social del pueblo saldrán a la luz por medio de esta espía cibernética que no sólo lo hace con fines de lucro. Será su infancia quien explique lo que ella describe como una misión, como la vocación de revelar lo oculto de la que es dueña.

La serie es atrapante. Se mira sin dificultad si uno ha decidido suspender el juicio y entregarse a la duda hasta que la misma producción revele su clave. Y en esto es en lo que más se diferencia de “Dark” donde se va dosificando el despertar a los misterios, y se dejan unas cuantas cosas de la primera para ser develadas en la segunda y tercera temporada.

Aquí toda la verdad se muestra hacia el final de la primera temporada y, en cambio de pecar por críptica, se excede en el ingrediente explicativo.

Esa diferencia es esencial. Mientras la serie alemana busca activar la capacidad deductiva del espectador e ingresarlo a mundos incomprensibles, “No hables con extraños” plantea la suspensión del juicio por un tiempo para luego revelar hasta el más mínimo detalle hacia el final y de un modo quizá inconvenientemente explícito. Es decir, supone un espectador menos activo, más cómodo y más amante de la psicología y la lógica pura, que de la apertura a los misterios del Universo, los mundos paralelos y la cuarta dimensión.

Lo más destacable fuera del entretenimiento es que la historia invita al debate sobre la accesibilidad de cualquier espectador a la vida privada y la intimidad de otros, por medio de la tecnología.