jueves 17 de enero del 2019

DE OTRO POZO

catarsis1.jpg

La catarsis aristotélica, una herramienta contemporánea

*Por Gisela Colombo

La poética de Aristóteles, que dedica unas cuantas páginas inmortales a la tragedia, describe la “catarsis” con detalle. En las páginas de ese libro, escrito en el siglo V a C. como un estudio de las características de la literatura existente en su tiempo, el filósofo explica que el mecanismo de la catarsis es un movimiento interior que ocurre en el espectador durante la puesta en escena de una obra trágica. Es resultado de dos sentimientos que despiertan las vicisitudes vividas por el héroe: el temor y la conmiseración.

El arcón de donde extraían los temas los dramaturgos clásicos era la tradición mítica anterior, transmitida durante muchas generaciones por vía oral. Todo espectador de la tragedia veía a Orestes sobre las tablas y sabía perfectamente de quién se trataba, quién era su padre, por qué lo convocaba su hermana, qué debía vengar, y otros tantos detalles. Los protagonistas de las obras eran conocidos previamente como héroes míticos; es lógico que fueran considerados semidioses. Eso significa que la tragedia trataba de héroes idealizados que, amén de su ejemplaridad, sufrían embates terribles del destino.

El público sentía la “conmiseración”, que consistía en condolerse con el sufrimiento del protagonista. La compasión que animaba a los ciudadanos frente al drama del héroe trágico generaba la identificación necesaria con el héroe. Y de inmediato, como es previsible, emergía el “temor” de ser arrasado por un sino semejante. Ver sufrir a los héroes de ese modo conducía directo a la pregunta de cuánto peor castigo merecerían ellos mismos, los espectadores, que no gozaban de sus perfecciones ni de su nobleza, sino de una naturaleza mucho más limitada.

En efecto, el héroe trágico suscitaba, por el destino funesto que le tocaba exhibir sobre el escenario, un miedo del público a correr la misma suerte.

Así explicaba Aristóteles cómo se producía la catarsis, es decir, la purificación de sentimientos negativos (pensamientos riesgosos, impulsos destructivos) que pudiera haber tenido antes el espectador. El sufrimiento de otro limpiaba de toda intención errada la conciencia y promovía la prudencia en el ánimo.

Este fenómeno que puede parecer, en primera instancia ingenuo, si se espera efectividad plena, sigue siendo una herramienta válida para generar conciencia. Campañas para prevenir diversos males sociales continúan sirviéndose de una invención ateniense del SVI antes de Cristo.

Un ejemplo interesante de cómo se utiliza la catarsis en el espectáculo contemporáneo es “Sixteen and pregnant”, programa de MTV que capta la vida de una pareja adolescente sorprendida por un embarazo. Una cámara acompaña a los protagonistas, mediante un formato de reality, el tiempo que va desde la gestación hasta los primeros meses/años de la vida del bebé. Se trata de documentales hechos a partir de casos emblemáticos, que prescinden completamente de moralejas, sentencias moralizantes, o cualquier explicitud similar. Crudamente se exhibe la realidad de la pareja, o de la madre sola, que habla por sí misma. Este hecho logra una pretendida objetividad, aun cuando en la misma selección del caso puedan adivinarse las subjetividades de la propuesta. De hecho, el materialismo de la cultura norteamericana, por citar un ejemplo, resalta al presentar las dificultades económicas como el peor problema al que se enfrentan los protagonistas.

catarsis_sixteen.jpg

El propósito de “Sixteen and pregnant” parece ir más allá del retrato de situaciones conflictivas. Hay un intento de generar conciencia. Los adolescentes que coquetearan con ser madres o padres, tal vez influidos más por las publicidades de pañales que por la experiencia misma, verían por televisión también el otro costado de la situación. La “purificación” consiste en un baño de realidad que provocará la “catarsis”. Después de ver el programa, los espectadores habrán derribado gran parte de las fantasías infantiles asociadas con la maternidad y verán el asunto con un sentido más crítico, y seguramente más realista. Al menos ésta es la intención de sus realizadores.

Pero la huella más interesante del uso de la catarsis en nuestro mundo actual es “Alerta Aeropuerto”, un programa de National Geographic, que se filma con la anuencia de la policía aeroportuaria de varios países. Durante los controles especiales que son protocolo de seguridad habitual, se registra audiovisualmente el proceso de control al que son sometidos los pasajeros de vuelos que arriban o parten desde aeropuertos neurálgicos del planeta.

catarsis_alerta.jpg

Lo que vemos allí supone varios pasos. Una detección de pasajeros sospechosos, donde la capacidad de observación y una “intuición” aduanera sorprendente (por no calificarla de inverosímil) contribuyen a la espectacularidad necesaria para un producto televisivo. Luego, los sospechosos son conducidos a sitios donde se los revisa, se les abre el equipaje y se los escanea incluso corporalmente para descartar las sospechas de que estén traficando sustancias prohibidas.

El momento de la detección de las pruebas del delito es devastador para el televidente y en todo momento se resalta la efectividad de los controles aeroportuarios. La empatía que se suscita naturalmente con el pasajero conduce directo a vivir lo que los griegos llamaron “catarsis”.

Los agentes intentan conocer las motivaciones de los aprehendidos para cometer eso que Aristóteles habría nombrado como “hamarthía” o error fatal, el de aceptar la propuesta ilegal.

Cada episodio concluye con la imagen del pasajero esposado, subiendo al transporte de la policía federal, con la leyenda de qué carátula penal se le impuso al caso y la cantidad de años que el reo permanecerá en una prisión, en muchos casos, extranjera.

Pero el punto más alto, que la tragedia griega resaltaría como “anagnórisis” (despertar a la verdad de la propia miseria), sucede cuando el detenido hace su llamado a un familiar y da la noticia a quienes lo aman de que ha sido detenido por un delito grave. Ése es el momento más patético y catártico para el espectador, porque es cuando llega a su clímax el temor de un destino similar y la purificación resultante.

En todos los casos se presenta un prototipo de pasajero/héroe que, llevado por una imprudencia excepcional, decide ser parte de un crimen con el fin de hacerse de unos euros o dólares en un puñado de horas. Imprudencia que deriva en años de cárcel y el desmoronamiento de toda su vida.

Y el mecanismo catártico convence. Y certifica, una vez más, que el mundo antiguo sigue proponiéndonos saberes invaluables.