lunes 18 de marzo del 2019

DE OTRO POZO

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“El Ministerio del Tiempo” o un quijotismo contemporáneo

* Por Gisela Colombo

Entre las ficciones que actualmente se multiplican a la escala reproductiva de una conejera, existe una bastante particular. Se trata de una serie española estrenada en 2015, cuyo punto de partida es un tema de la ciencia ficción. Los viajes en el tiempo se han convertido en un tópico de los productos televisivos y cinematográficos que antes se circunscribía a la ciencia ficción más pura. Poca originalidad podría suponerse en ellos, si todos sondean la misma posibilidad. Sin embargo, sigue habiendo enfoques que merecen la pena comentarse. Uno de ellos es el que propone “El Ministerio del Tiempo”.

La irreverencia y hasta un humor particularmente ácido ya se sugieren desde el título. Una institución burocrática y formal como un Ministerio se dedica a una actividad fantástica como trasladarse al pasado para intervenirlo o para evitar que lo intervengan.

La existencia del Ministerio es confidencial, como si se tratara de la AFI, la antigua SIDE, o de los servicios secretos de cualquier nación. Los agentes, como los espías modernos, viven una especie de doble vida que incluso sus familias ignoran.

Con una intención de generar contraste cuasi humorístico, cada empleado viste como en su época, piensa de acuerdo con el pensamiento de su tiempo y, sin embargo, debe enfrentarse a problemas que ni siquiera existen en su realidad. Don Alonso de Entrerríos, militar de los tercios de Flandes (siglo XVI), despliega una serie de códigos perimidos y graciosos en su conservadurismo retrógrado, mientras enloquece mirando revistas de motos, por citar un ejemplo.

El edificio que ocupa el organismo, cuyo exterior corresponde a una propiedad real de Madrid es el antiguo Palacio de la Duquesa de Sueca. Pero por dentro parece copia de la arquitectura descrita en la Biblioteca de Babel borgeana: infinitas escaleras en espiral que conducen a miles de puertas. Atravesar una de ésas es aparecer instantáneamente en un sitio de otro tiempo. El viajero podría desembocar en un granero castellano del siglo XII, entre las bambalinas de un teatro de la década de 1940, un confesionario perdido en una capilla del siglo XVIII, una prisión del siglo XI...

Los espías del Ministerio se mueven organizados por patrullas de tres y cada uno vive en su tiempo. Pasa su jornada laboral en el edificio o en alguno de los mundos a los que conducen sus puertas y, cumplido su horario, regresa a casa, como si hubiera estado las últimas horas tecleando en la computadora de una oficina pública, y no tratando de evitar que la hybris del poder se le subiera a la cabeza a Felipe II, por obra del éxito inesperado de la armada invencible en la Empresa de Inglaterra.

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De historia, pero con clave contemporánea

El papel de las mujeres está en sintonía con las luchas que se libran por sus derechos en el mundo entero. Tal es así que la protagonista es Amelia Folch, una estudiante universitaria y pionera intelectual del siglo XIX. Los varones de la patrulla, mayores incluso, cumplen sus órdenes porque ella está a cargo de las misiones. Y lo está porque es sin dudas la más culta e inteligente. Alonso de Entrerríos se resiste un poco a esta situación hasta que comprueba que sus talentos superan los propios.

Viajes para salvar el manuscrito del Quijote, para evitar que Lope de Vega muera antes de tiempo y despoje a España de esa obra prolífica que generaría después, intervenciones para evitar que el Guernica de Picasso se perpetúe en las galerías del MOMA de New York, que los nazis accedan al secreto de las puertas, que Torquemada mande a matar al rabino que ha escrito el libro de instrucciones para viajar en el tiempo, que el Lazarillo de Tormes permanezca preso y jamás se escriba su historia, y muchos etcéteras componen las aventuras del Ministerio.

La estructura promueve la revisión de temas con sentido diacrónico, mientras mueve a la diversión. Más allá del entretenimiento, la serie también tiene un ingrediente muy interesante: pensada como un organismo gubernamental el Ministerio representa la cultura española vista con una amplitud cronológica que permite la reflexión en contexto. La historia y la cultura de España se hacen presentes en los treinta y cuatro episodios que suman las tres temporadas. Un juego entre la crítica de la historia y el mundo contemporáneo transmite el ánimo satírico con que se mira la España de hoy. Hay referencias permanentes a la corrupción, la ineptitud, la burocracia, la falta de planificación y otros tantos defectos que se atribuyen al ser español. (Eso sí, los argentinos, como visitantes en un número excesivo, somos representados por un conductor de tv de moral cuestionable que produce con la mayor pasión programas sobre hechos inexplicables, aunque deja de interesarse inmediatamente en el misterio de las puertas por una módica suma de dinero).

Lo que diferencia este producto de las series de temática similar es precisamente el distintivo de la cultura española.

Gesta y Pináculo literarios

Nada refleja más la identidad de un pueblo que su cantar de gesta o su leyenda fundacional. Los valores, encarnados por el héroe, se transmiten mediante el texto a las nuevas generaciones. Los cantares de las naciones europeas suelen tener características comunes. Todos ellos son relatos de una gran idealización, con héroes perfectos, impolutos e incuestionables. Pero el español rompe con esas características. El motivo es que en la identidad española por encima de todo está su máxima preferida: “al pan, pan y al vino, vino”.

En efecto, el Cantar del Mío Cid es llamativamente realista. El héroe no es perfecto, necesita dinero, hace la guerra más por necesidad económica que por ideales, es capaz de estafar a los prestamistas que lo financian si el objetivo último es noble (el fin justifica los medios). El Cid es racista, está dispuesto a sobornar, a engañar, y a hacer otras tantas cosas reprochables. El rey, que en otros cantares sería admirable, se deja aquí comprar por dinero y hasta es sospechoso de haber emboscado y asesinado a su propio hermano.

El motivo es que para la cultura española es más grave falsear la verdad que cualquiera de esos vicios justificados por la necesidad.

Y este rasgo cultural se manifiesta también en el Ministerio del Tiempo.

Hay mucha literatura en los argumentos pero también la hay en los recursos expresivos. Uno de ellos ha sido evidentemente inspirado en la mejor obra de la literatura española, según el mismo guión de la serie postula. En efecto, si Don Quijote generaba risa por su anacronismo no sólo verbal sino también filosófico, aquí sucederá algo similar. Con la misma intención paródica, la serie supone, como telón de fondo, ficciones más estereotípicas del mismo género. Los contrapuntos entre la efectividad inverosímil de los héroes foráneos y la falibilidad de planes y personajes de la serie española es un hallazgo.

“El Ministerio del Tiempo” descree e ironiza la genialidad de los héroes típicos. Es decir, reproduce nada menos que la dinámica pensada por Cervantes para el Quijote.

Así como la historia del hidalgo caballero parodia las novelas de caballerías repletas de fantasía, y favorece una honestidad que dicta ver la realidad tal y como es, este producto de la TVE relata una empresa fantástica sin renunciar nunca al realismo:

Ficción española, sin ideales, sin eufemismos…