DE OTRO POZO

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“Roma”, aclamada película mexicana

* Por Gisela Colombo

“Roma”, estrenada en 2018 y ya multipremiada, arribó los últimos días del año pasado a la modalidad streaming, más precisamente a las propuestas de Netflix.

Se trata de un film de Alfonso Cuarón, consagrado cineasta a quien le tocó dirigir varias producciones internacionales de enorme taquilla como Harry Potter y el prisionero de Azkaban, o Gravedad, por dar dos ejemplos. Su labor también demostró talento al desempeñarse como productor en creaciones menos comerciales aunque con un concepto artístico muy logrado. Tal fue el caso de “El laberinto del Fauno”.

En este caso, “Roma” es producto no sólo de su dirección. Obró también como guionista y director de fotografía. Por otra parte, con la intención de que los actores no memorizaran esquemáticamente el guión (muchos de ellos no son actores, incluyendo a la actriz principal) y no malograran los parlamentos recitándolos, debió estar en el plató sin descanso. Nadie excepto el productor general y él conocieron el guión completo. Les entregaba la letra del día en cada rodaje y los supervisaba. Más tarde, también intervendría en la edición.

Los hechos ocurren en un barrio cercano al Aeropuerto del D.F. mexicano, llamado “Roma”, de donde proviene la denominación del film. Cuarón ha develado por qué le pusieron ese nombre: cuando los productores debieron pedir los permisos para usar locaciones de ese lugar (barrio en el que de verdad transcurrió la infancia del director) todo debía tramitarse en “Roma”. Así que la fórmula “Proyecto Roma” se impuso en el uso. Y ya después, cuando los que estaban comprometidos con la realización le llamaban así, decidieron dejárselo.

Relato propio

Seguramente por la diversas funciones que desempeña y su omnipresencia, Cuarón confiesa sentir esta película mucho más propia y esencial que cualquier otra. Pero el motivo de peso para que la identificación plena se produzca responde a aquello que narra. Se trata de la historia de una empleada doméstica en México de los años 70, que está abocada no sólo a los quehaceres de una casa, sino también a la crianza de cuatro niños de una familia de clase acomodada. Cleo no es otra que la alter ego de Libo Rodríguez, la mujer que crió al director y a sus hermanos en la vida real. Este dato se explicita mediante la dedicatoria final.

El cariz autobiográfico de lo que se cuenta es la clave para cada uno de los aciertos de la película:

Es emotiva, sin tener un solo desliz de sentimentalismo fácil. La ternura que despiertan las actitudes de la protagonista se sostienen justamente en la cotidianidad y la simpleza con que Cleo cuida a los niños de un modo que hace pensar en un móvil afectivo más que laboral o económico.

La reconstrucción de los espacios, del estilo de vida, de los objetos típicos, de los vehículos y el vestuario es también un logro. Con el mismo rigor se recrea la música, la televisión y la radio de la época. Detalles como la armónica del afilador, las cantilenas de los vendedores ambulantes, el desfile de una formación militar con su banda una vez al día, al igual que el paso continuo de aviones aportan al realismo. La limpieza del garaje y el patio que comparten varios animales podría ser hasta hiperrealista y generar un grado mayor de credibilidad en el relato.

El personaje de Cleo proviene de un grupo social mucho más humilde, y racialmente también se diferencia de la familia que la emplea. No es un detalle menor porque al director le ha interesado exhibir el despropósito de considerar la inferioridad de una cultura en relación con la otra. Ilustra las incongruencias con ciertas imposiciones injustas de los dueños de casa a las empleadas, como la utilización de velas en cambio de la energía eléctrica con que iluminan los espacios de la familia.

La diferencia se extiende hasta el habla de Cleo y Adela, que se comunican en un dialecto local y no en castellano.

Por otra parte, se sugiere una tesis también antropológica respecto a las dos culturas en pugna. Mientras los padres de los niños y la abuela se muestran comunicativos y reactivos, las empleadas se someten con mansedumbre a las penas.

Los escenarios no sólo incluyen el barrio residencial, en un viaje de Cleo hacia donde viven los más humildes, se despliega todo el fango, la pobreza y la marginalidad. Con certera ironía corona la escena el audio de una propaganda callejera a todo volumen, que pondera a un candidato político “prometedor”.

En uno de los momentos clave de la película se descubre un fondo de convulsión política y social que también contribuye a diseñar el cuadro de época.

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Detalles que no son detalles

Uno de los detalles más llamativos de la puesta en escena es que ha sido filmada con cámaras de tecnología actual pero en blanco y negro.

Otro, es sutil y misterioso. Pepe, que es el niño que representa al director cuando era pequeño, en varias oportunidades cuenta hechos de su vida adulta como si fueran pasados. Esto quizá retrate simplemente el pensamiento imaginativo del niño, pero también podría convocar la magia a la realidad, como un modo de remitir al realismo mágico característico de la cultura mexicana y latinoamericana. Estos parlamentos no dejan de ser un enigma: ¿Habla el niño de vidas pasadas? ¿Son presagios? ¿O fantasías infantiles?

En ese pensamiento mítico, es posible interpretar algunas escenas como malos augurios. En el día de Año Nuevo, por ejemplo, se rompe el jarro con que brinda Cleo y ella se angustia por el mal presagio que constituye. Lo mismo sucede con un incendio.

Sin embargo, es un relato esperanzado, tierno y, aun así, realista. Esto se explica por la resignación con que la protagonista vive hasta las peores circunstancias. Es la mirada de Cleo la que tiñe el relato de indolencia, que bien podría ser una forma de sabiduría. Ella acepta los dolores y el espectador termina contagiándose de la paz y mansedumbre de su mirada.

Con una estética particular y gran coherencia entre fondo y forma, “Roma” nos deja la ternura y un mensaje esperanzador.

Cuarón hace de una historia sin mensajes altisonantes, de la intimidad de una familia común, una gran obra de arte.