lunes 27 de mayo del 2019

DE OTRO POZO, "El Vice"

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El vicepresidente, una historia real, lo más real que pudieron hacerla…

* Por Gisela Colombo

Entre las películas que nos trae el Ciclo “Oscars”, en el cine Amadeus se proyectó “El vicepresidente”, un film de Adam McKay, sobre la figura de Dick Cheney, a quien se considera el más poderoso de los vicepresidentes electos en EEUU.

No obstante, no se trata de un documental, ni de una biografía. Narrada con ironía, es una sátira, un juego humorístico, que combina la estética de la prensa amarillista, los clichés publicitarios, la idealización de las películas biográficas y cierto humor negro.

No intenta hacer reír. No es eso. Pertenece al clásico género de la sátira que, a diferencia de la parodia cuyo fin último es generar risa, disfraza su crítica mordaz detrás de una pátina de comicidad. La sátira no se limita a una invectiva contra el vicepresidente de George W. Bush. Es, en cambio, una crítica bastante cruda del sistema político norteamericano pero también de los medios que les son funcionales, y de otros tantos males sociales. Denuncia los códigos hipócritas que regulan la vida política, los eufemismos que acaban por torcer la naturaleza de los hechos, la ignorancia y desidia del hombre común para descubrir la verdadera raíz de las cosas. La industria de la guerra, las mentiras que se le dicen al pueblo para que tema y apoye la carrera bélica. Y, por encima de todo, la inmoralidad, la corrupción del cursus honorum que suponen los cargos públicos y el desprecio por la vida del hombre ordinario.

El centro del relato gira en torno de las reacciones del gobierno estadounidense frente al ataque de las Torres Gemelas. Y con la puesta en contexto en la biografía del vicepresidente se van viendo las falsedades con que revisten Cheney y sus colaboradores la invasión a Irak. De tal modo, la muerte de las tres mil personas en el Word Trade Center se torna la llave para que los funcionarios de mayor poder hagan sus negocios en nombre de la justicia transnacional y los ideales de libertad. Hacia el final sabremos que Cheney enriquece en periodo récord a la empresa de la que fue gerente durante su alejamiento de la política.

Otros horrores más dolorosos se descubren detrás del aumento del poder presidencial (que no ejerce en este caso Bush sino Cheney). Las licencias para torturar a los prisioneros de guerra, la contratación directa de empresas privadas sin licitaciones, el avance del ejecutivo sobre el poder judicial, etc.

En la primera escena se muestra a Cheney dirigiendo las acciones de emergencia durante los ataques del 11 de septiembre de 2001. En una dependencia del Estado, Cheney improvisa las decisiones, mientras alguien le pregunta si se trata de órdenes del presidente, desnudando que no, en vista de que ni siquiera levanta el teléfono para consultarlo. A su lado, su esposa, Lynne, compartiendo el poder.

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La figura de Lynne merece una película aparte, que sería una nueva versión de Lady Macbeth de Shakespeare. De hecho, entre los guiños satíricos hay una escena en que los personajes de Cheney y su esposa declaman versos estilística e indudablemente shakespeareanos. Se trata del momento en que Cheney debe decidir si aceptará la propuesta de Bush para ser su compañero de fórmula. El recurso sería para entendidos si no fuera por el comentario del narrador, que anticipa que no podrán poner en escena un soliloquio de Shakespeare que descubra los pensamientos o las intenciones que animaron ese momento. Acto seguido, una discusión en verso sobre el lecho conyugal donde el poder decanta en lujuria.

Lady Macbeth es la esposa del regicida Macbeth, antagonista de la tragedia dedicada a la ambición de poder, en donde la mujer es la instigadora del crimen para destronar al Rey.

La figura femenina está demonizada como en Macbeth, pero se la justifica irónicamente en una escena en que una Lynne joven le dice a su esposo que él debe encarnar sus ambiciones porque su condición de mujer no le permitirá a ella estar en los lugares de poder que merecería.

La participación de varios personajes gubernamentales muy bien caracterizados merece ser resaltada. En este sentido, la metamorfosis de Christian Bale para el papel compite con la maravilla que logró Gary Oldman con su personaje de Churchill. Amy Adams también aparece irreconocible detrás de unos veinte kilos de más y un look muy propio del establishment femenino.

Si alguna crítica cabe hacer es que el film busca ser una crítica social, pero carga las tintas contra el partido republicano y su pragmatismo deshumanizado y se cuida muy bien de no hacer ninguna objeción al partido demócrata. Incluso en la crónica que descubre sobre todo los abusos del poder, se borra del mapa a Clinton y sus dos periodos, y se exalta a Obama mediante los festejos de su asunción. Y, en fin, el relato se permite sólo reflejar, como dato negativo, la ingenuidad de Hillary Clinton (bastante inverosímil, por cierto) con la que defiende ideas que instala Cheney para invadir Irak.

El narrador del film es un ingrediente curioso en sí mismo, y un detalle por observar porque resalta, una vez más, la manipulación que hacen los poderosos de los ciudadanos comunes a partir de sus discursos fraudulentos.

En suma, El vice resulta un espectáculo interesante pero hiperbólico, vicio del que se disculpa la misma película durante la presentación, cuando confiesa que “ésta es una historia real, lo más real que pudimos hacerla.”