lunes 16 de septiembre del 2019

DE OTRO POZO

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“1982” de Sergio Olguín. Empatía con Malvinas

Cada vez que llegamos a esta fecha en el calendario, volvemos al desafío de desenterrar algo que debiera estar ante los ojos de todos permanentemente.

El año pasado el Ministerio de Educación de la Provincia de La Pampa invitó a las escuelas a escoger alguno de esos héroes que vivieron en carne propia el horror. Hoy, en cada colegio de la provincia hay un salón, un auditorio o un aula que lleva el nombre de alguno de nuestros excombatientes.

No obstante, no es fácil ni para las nuevas generaciones, ni para quienes no participamos activamente de los pormenores de la guerra, imaginar cuánto podía cambiar la realidad de cualquiera a causa de la decisión tomada por dos poderosos.

Quizá porque es difícil imaginarlo resulta muy interesante sumergirse en las páginas de una novela como “1982”.

Es posible que, por el cariz trágico que tiene la guerra siempre (mucho más cuando es tan absurda), Sergio Olguín decidiera hacer este cóctel de tragedia griega y drama moderno. El autor es novelista, guionista y creador de una saga de varios libros sobre el personaje de Verónica Rosenthal. La mujer cuya historia conocimos en la pantalla, mediante la serie “La fragilidad de los cuerpos”; fue interpretada por Eva de Dominici y por Germán Palacios. 

Si bien Olguín venía haciendo textos con un tono similar, temática policial y un ritmo atrapante, en esta novela sobre Malvinas, irrumpió algo diferente. Detrás de una historia contemporánea, se esconde una tragedia griega.

El mito de Fedra. Racine, desde el neoclásico francés, llevó a las tablas la misma historia y renovó el interés por este conflicto universal que volverá a reproducirse seguramente muchas otras veces.

El de Fedra es un mito antiguo de la civilización griega. Fedra era hija de Pasífae y el rey Minos de Creta y hermana de Ariadna, la que le entregó el hilo a Teseo y lo salvó, con ello, de ser fagocitado por el Minotauro.

Aunque Teseo le prometió a Ariadna tomarla como esposa, luego soñó que debía dejarla y, en cambio, raptó a Hipólita, una de las amazonas. Esto provocó una guerra con ellas. Teseo e Hipólita tuvieron un hijo que se llamó también Hipólito. Un tiempo después, Hipólita hubo sido rescatada por las amazonas y Teseo quedó solo con su hijo.

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Pero por aquello que el Génesis apuntó de que “No es bueno que el hombre esté solo”, Fedra fue ofrecida en matrimonio a Teseo. Así sucedió la unión. Y en cuanto Fedra conoció al joven Hipólito, perdió la cordura. No pasó mucho tiempo hasta que se le insinuó. Él la rechazó. ¿Acaso se había olvidado de que los separaba la edad, el matrimonio con su padre y una relación que habría de ser maternal? Fedra, naturalmente, no tomó bien la humillación de ser despreciada. Como venganza, acudió a Teseo, y lo convenció de que su hijo Hipólito la había violado. Luego, sin darles tiempo de reaccionar, se suicidó.

Hasta aquí el argumento tradicional.

Sergio Olguín toma la primera parte del mito y, al llegar a la declaración de Fátima (Fedra), la cuestión cambia.

Pedro (Hipólito), el joven que ella encuentra irresistible, que no le despierta sensaciones maternales y sí la conmueve desde el punto de vista romántico y sexual, le confiesa estar enamorado de ella, a su vez.

Es un amor correspondido el que hay entre esta versión moderna, lo cual no significa que nos ahorremos las penas al leerla. Lo peor que podía pasar no era la muerte…

El autor reconoce ante la crítica hallar un paralelo entre la historia del amor prohibido (por vínculo, por edad, por compromiso marital), y la tragedia de la guerra. Pero confiesa que no buscó convertir a los personajes en alegorías de los diferentes sectores de la sociedad ni su toma de posición respecto a la guerra. Sin embargo, ese ingrediente que trasciende a la misma conciencia del autor y, sin embargo, ingresa a la obra, ha generado el enlace. E hizo de la novela, un objeto para observar sin perder detalle.

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(Sergio Olguín)

Fátima y Pedro, madrastra e hijastro, viven su romance a espaldas del pater familias, un militar de rango apellidado Vidal, que parece encarnar la crueldad y la violencia de un tiempo signado por Marte. La dictadura que hallaba en la invasión a Malvinas su último manotazo de ahogado queda reflejada en esta figura de Vidal, que menos se asemeja a los soldados que participaron de las batallas que a los torturadores y apropiadores de los tiempos previos.

En virtud de que el telón de fondo es el conflicto del Atlántico Sur y sus consecuencias, la obra se erige como un documento válido de la historia. Mientras se estudian las tendencias humanas, las tentaciones, la culpa y lo inevitable del amor, se despliega un escenario verosímil del momento que relata “1982”.

No será la primera vez que una producción literaria sirva como registro histórico. Aun cuando se trate de una ficción, la reconstrucción que realiza un autor serio y comprometido sirve para conocer en especial el mundo minucioso y cotidiano que no registran los libros de historia por considerarlo nimia subjetividad. No obstante, es más fácil leer en la vida simple de sujetos comunes, los impactos de los grandes hechos, que sí les gusta fechar y explicar a los historiadores.

No se trata de eludir los estudios formales, los documentos históricos y las dos campanas sobre Malvinas. Pero la empatía vendrá más fácil al conocer de cerca a algunas de esas víctimas, con sus rostros, sus gestos, sus pasiones y dolores.

¿Habrá posibilidades de un final feliz? Quizá. Sobre eso, no digamos más que lo que el mismo autor quiso que se supiera: la tragedia griega acababa con todos sus protagonistas muertos. Pero ésto será más feliz o tal vez más trágico, porque hay algo peor que morir y es transformarse en aquello que odiamos…

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