jueves 23 de mayo del 2019

De otro pozo

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Un árbol de sangre que se va por las ramas

* Por Gisela Colombo

El título de esta película, "El árbol de la sangre", que estrenó Netflix el último verano pero llegó a los cines en octubre de 2018 es sugestivo en más de un sentido. La relación del árbol con la genealogía permitiría adivinar algunos aspectos del film.

Una joven pareja escribe el relato sobre la familia de ambos que, puede adivinarse desde el principio, están emparentadas de algún modo. Para cumplir la tarea consideran imprescindible viajar al país vasco, a una casa de montaña que fue escenario de varias escenas importantes de sus antepasados.

En un lenguaje que desafía la ansiedad del espectador por entender, se alternan en raccontos de otras épocas los hechos antiguos con el acto de escritura que Rebeca (Úrsula Corberó, protagonista de La casa de papel) y Marc (Álvaro Cervantes) tipean alternativamente. A partir de entonces, la acción intenta el mecanismo de una ficción policial. Va hacia atrás en busca de las causas, de las raíces.

El escenario va variando, pero si algo es de resaltar es la estética de ese paraje de los Pirineos en el que no sólo el paisaje es cuasi un “locus amoemus”, un paraíso. La construcción de piedra y madera tan de montaña, es un ingrediente que integra el pasado con sólo mostrarse.

En ese sitio un árbol añoso, cuyo tronco tiene un diámetro inmenso, se presenta como el símbolo fundamental del relato. Marc y Rebeca lo abrazan y entrelazan los brazos alrededor, como una anticipación del poder aglutinante de la sangre.

Pero no se refiere simplemente a la sangre de la genética. La historia que irán desentrañando estos dos personajes incluye a la sangre como imagen de muerte también. Una trama de mafia rusa, tráfico de sangre, y algunos cruces sexuales endogámicos son también tema de la película.

Un personaje con adicción a la cocaína, una cantante de rock que pasa la vida ingresando y egresando de instituciones psiquiátricas. Su hija cedida al cuidado de un hombre que no es su padre, la anciana que enmudeció a fuerza de sufrimientos, un matrimonio que se disuelve porque la mujer se enamora de su editora y un listado de eventos en los que confluyen todos los personajes a lo largo de muchos años construyen el cóctel de planteos atractivos para un público amplio.

Sin embargo, el desorden del argumento no permite la unidad y la película vale la pena finalmente por algunas actuaciones, la estética de sus escenarios y cierto heroísmo que encarna el personaje de Joaquín Furriel, único elemento visiblemente argentino de esta coproducción.

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El director, Julio Medem, tiene otras películas laureadas. Y aunque en ésta logra buena fotografía, e innegable belleza en la puesta en escena, reconoce que en ella conviven como cinco películas diferentes. En eso radica, según parece, el vicio de la obra. El guión es desordenado. El film no se decide entre una narración estética, cadenciosa, emotiva y un conjunto más comercial y ágil, que pretenda herir la curiosidad, mediante suspenso y polémica.

Hacia el final se acentúa la debilidad del guión y se malogra el elemento trágico con sucesos endebles y faltos del realismo necesario para lograr el efecto. Podríamos limitarnos a decir que el director del film se abrazó al árbol para luego “irse por las ramas”.

En suma, “El árbol de la sangre” constituye ese tipo de ficción que puede funcionar como actividad alternativa del aburrimiento de horas muertas, pero nunca sustituto de un producto ponderable.