DE OTRO POZO

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“Orgullo y Prejuicio”, o el eterno romance entre cine y literatura

* Por Gisela Colombo

Los amores entre la literatura y el cine son un eterno retorno. Una y otra vez los directores intentan llevar a la pantalla fantasías que han poblado la cabeza de los lectores durante siglos.

El desafío no es menor. No se trata simplemente de narrar el argumento. El guionista del film debe elegir una perspectiva, una estética, pero también está obligado a definir una crítica, una postura desde donde iluminará su relato. Los actores, artistas y creativos también, le darán vida de modo particular a cada personaje y la misma mecánica de creación ocurrirá en cada rincón de la producción.

Una de las obras más versionadas es “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen. La autora inglesa de principios del siglo XIX es, además de una tejedora de enredos románticos, una observadora aguda de la sociedad de su tiempo. Leer sus obras permite conocer mejor que en un manual de historia la vida cotidiana del periodo. Vemos un tiempo en que los avances técnicos comenzaban a poner en jaque un estatus por el que los ricos vivían de rentas y profesaban una vida social cuasi litúrgica. Las clases menos acomodadas sufrían cierta discriminación y luchaban para permanecer en la fina cuerda que dividía a los menesterosos, de quienes jamás habían trabajado ni trabajarían. En el medio, algún profesional, algún soldado o los pastores de la Iglesia Anglicana. Las mujeres estaban desheredadas por ley y la desesperación de las familias por “colocar” matrimonialmente a sus hijas era irrisoria (al menos así la presenta el libro).

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La historia de Austen narra la vida de dos jovencitas Bennet, que han llegado solteras a una edad preocupante. Mientras Lizzi, la segunda, es librepensadora y no tiene interés alguno en resolver su matrimonio, su hermana es dulce y crédula y, como tal, objeto de engaños amorosos. Un joven rico se muda a una casa cercana a la propiedad de la familia y la Sra. Bennet decide no perder el tiempo y presentar a sus hijas. Por medio del Señor Bingley, el nuevo vecino, la segunda Bennet conoce a su vez al Sr. Darcy (Matthew Macfadyen), otro hombre adinerado y soltero cuyo orgullo desagrada a Lizzi a un punto de generarle rechazo. La rivalidad parece ser correspondida por él y sólo va increscendo hasta que ambos descubren el verdadero sentimiento que se esconde detrás de la contienda, de los orgullos y los prejuicios cruzados. El texto, lejos de ser meloso conforme al tema que trata, es contenido, clásico y despojado y en él prevalece la razón, la mesura y el cálculo.

La última versión de este clásico de la Literatura Universal para cine fue la de 2005, que está disponible en diferentes plataformas de streaming. El director, Joe Wright, recibió un premio por su labor en los Premios Bafta y la película fue nominada para el Oscar, los Globos de Oro, etc en diversas disciplinas. El texto del guión fue obra de Deborah Moggach, cuyo mayor acierto fue, sin cambiar el sentido de los diálogos, condensarlos en menos cantidad de escenas. Ése es uno de los soportes efectivos de la obra. Otros son los vestuarios y la ambientación, además del carisma de Keira Knightley. Un señor Darcy, más retraído y tímido que el soberbio de Jane Austen, es otro ingrediente que encanta. Kiefer Sutherland, que hace el rol del Señor Bennet, prestigia con la interpretación de un personaje de ironía e indolencia particulares.

Con un espíritu moderado, la película escapa permanentemente del precipicio de lo cursi, y mueve a reflexión sobre los códigos sociales, especialmente acerca de la educación represiva aplicada al comportamiento de las niñas, a la hora de expresar sentimientos. Y aunque un poco suavizada, la historia sigue siendo ese cuadro de época mirado desde el cristal de una mujer de clase educada. Por ello conserva el liderazgo entre las ficciones históricas románticas más interesantes de verse.