De otro pozo

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"Alta Mar", intrigas en una fórmula recurrente

* Por Gisela Colombo

Cada vez son más las series de temática policial. También abundan especialmente las que se remontan al pasado. “Alta Mar”, estrenada el 24 de mayo en Netflix, tiene al menos esos dos ingredientes.

Realizada por los mismos creadores de Velvet y Las chicas del cable, repite una fórmula ya probada, aunque quizá con menos gracia.

Todo ocurre en un viaje desde Galicia a Río de Janeiro. La prometida del dueño de la naviera viaja con su hermana y dos criadas. No es un viaje más para ella. Carolina contraerá matrimonio en alta mar, cuando lleguen a la línea del Ecuador, conservando en ello la tradición marítima de festejar ese pasaje emblemático.

Unos minutos antes de embarcar las cuatro mujeres se topan con una dama desesperada. La atropellan e intentan llevarla a la policía, pero ella se niega. Les ruega que la ayuden a llegar al barco en el que desea partir también, aunque no tenga pasaje. Alega que su esposo la persigue y la matará si sigue allí.

Eva, hermana de Carolina, coprotagonista femenina, decide ofrecerle la ayuda necesaria y desocupa un baúl para ingresar a la mujer al “Bárbara de Braganza”, el lujoso barco, sin que lo adviertan las autoridades. Carolina, más prudente, se niega, pero termina aceptando. Ninguna le revela la verdad a Fernando (Eloy Azorín), el prometido de Carolina y dueño del crucero.

A partir de entonces, una serie de crímenes, robos y delitos varios se suceden enrareciendo el ambiente. La investigación sobre esos episodios será el tema de los ocho capítulos que tiene la primera temporada de “Alta Mar”.

Las dos hermanas representan dos esquemas de feminidad diferentes. Carolina, más sumisa y atenta a los cánones sociales, se deja conducir por un hombre protector. Eva, escritora de profesión, no sólo resulta más independiente y proactiva, rechaza el vínculo tradicional. El vestuario confirma con suma obviedad la intención de presentarla como un modelo más contemporáneo de mujer. Aunque no estaba del todo impuesto en las familias más tradicionales de la década del ‘40, ella desfila continuamente equipos de pantalón y camisa, en cambio de las faldas y los vestidos que lucen el resto de las mujeres. Sin embargo, con el pasar de los capítulos Carolina se va desembarazando del control masculino y dejando atrás los miedos y la prudencia excesiva para hacerse cargo del poder que le corresponde. Carolina se “Eviza” y Eva se “Caroliniza”, a medida que avanza el coqueteo con el Primer oficial devenido en Capitán. Al final, los caracteres se desdibujan logrando, quizá, negar la independencia femenina que se presenta encarnada en Eva inicialmente.

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Las intrigas generan divisiones y enemistades alternativas entre los personajes, como vaivenes permanentes. Y el esquema del relato recuerda los cuentos de misterio de Ágatha Christie y ese recurso clásico de encerrar a un grupo de personajes en un sitio del que no pueden salir, para investigar crímenes que no pudo haber cometido sino alguno de ellos.

Algunos tópicos como las diferencias de clase entre los ciudadanos de primera y los de tercera, las referencias a campos de concentración y tesoros nazis, la preocupación por los abusos sexuales y los femicidios, el interés por convertir azúcar vegetal en etanol, el problema de un ludópata, los conflictos de herencia y el alcoholismo… todo se congrega como una muestra de los temas en boga abordados con evidente superficialidad. Y despojados de la sutileza que revela una estima por el intelecto del público.

José Sacristán y Eduardo Blanco suben la vara de las actuaciones, con papeles pequeños.

Pero el espectáculo no aspira a ser más que un entretenimiento entre miles de ofertas similares. Ocho episodios que no aburren pero dejan la sensación de haber sobrevolado los conflictos sin plantear un solo desafío a la inteligencia.