viernes 22 de noviembre del 2019

DE OTRO POZO

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“La misma sangre”

* Por Gisela Colombo

Hace apenas unos meses fue estrenada en las salas de cine una película protagonizada por Oscar Martínez y Dolores Fonzi.

El director y co-guionista fue Miguel Cohan, responsable también de Betibú y Sin retorno, con un trabajo de impecable técnica, aunque no muy arriesgado desde el punto de vista de la novedad. No obstante, no la necesita. Es que se ha querido, por lo visto, poner el acento en la construcción sutil de los vínculos familiares, lo cual supone más que novedad, profundidad. Los personajes están construidos con un gran sentido de la verosimilitud. Como espectadores asistimos a escenas perfectamente posibles en una familia contemporánea, que vive en la ciudad aunque el pater familias desarrolla su actividad en un campo tambero.

Oscar Martínez es, en la ficción, esposo de Paulina García, una actriz chilena que se incorpora al film como parte de una co-producción de ambos países. Elías y Adriana están casados hace treinta y cinco años y tienen dos hijas (Dolores Fonzi y Malena Sánchez). Carla (Fonzi) a su vez vive con su esposo Santiago (Diego Velázquez) y tienen un niño.

Como suele ocurrir en el género policial, el relato comienza con la muerte de un personaje. En este caso, será Adriana. Luego de eso, todo se enfocará a descubrir el cómo y el porqué de ese deceso. A medida que va desarrollándose la historia, comienza a verse la desconfianza del yerno Santiago respecto al suegro. Paralelamente, Elías va descubriendo mediante raccontos de memoria personal una situación conflictiva con su mujer. La crisis del tambo, los problemas financieros del campo y un ingrediente más que se llamará “Lautaro”, interpretado por otro actor chileno, Luis Gnecco, van abriendo puertas hacia la verdad con una dosificación impecable.

El nuevo estado de cosas también provoca cierta inestabilidad de la pareja de Fonzi y Velázquez.

Si bien se trata de una película de temática policial, su fuerte no está puesto en la espectacularidad propia del Thriller más comercial. Con un tono mucho más reposado, mucho más hondo que indaga la raíz psicológica de cada uno de los vínculos y de cada uno de los personajes.

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Lo resaltable y original es precisamente la construcción de una atmósfera literaria que recuerda los procedimientos del arte de la palabra más que otros referentes fílmicos. Es la trama pulcra la que construye la posibilidad de espiar una familia y una historia creíbles en todo sentido.

La caracterización de los personajes en el guión contribuye especialmente al efecto y coadyuva el lucimiento innegable de Oscar Martínez, de Dolores Fonzi y Diego Velázquez. Los dos actores chilenos, más modestos, no atentan contra los objetivos del film.

Pero los protagonistas están impecables. Las escenas son creíbles. La naturalidad con que los actores argentinos resuelven continúa, una vez más, resaltando una escuela actoral sobresaliente.

Pero si en otras producciones de esa escuela y de estos mismos actores no es tan efectiva es porque los textos no siempre tienen la fuerza ni la particularidad de éste. En ocasiones lo que falla es el guión. En este caso, no hay dudas de que se logra la verosimilitud por encima de lo habitual.

Las escenas de campo, los detalles del habla de los peones y del estilo de vida agrícola, también denotan conocimiento del mundo que retratan. Los ritos funerarios celebrados en el marco de una familia judía también le dan relieve a la historia y hacen de la experiencia de transitar esta película una aventura cuyo núcleo será comprender por qué se la ha titulado así.

Llegada a la plataforma de Netflix, no hay excusa para perdérsela, ni para privarse de arrojar la propia hipótesis sobre el sentido que se le ha dado a la expresión de “La misma sangre”.