DE OTRO POZO

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El cocinero de genios. Un tributo del cine a un gran editor

* Por Gisela Colombo

En 1971 Andrew Scott Berg ganó el Premio Nacional del Libro en la categoría de “Biografía” con un texto que llamó “Max Perkins: el editor de genios”. Cuarenta y cinco años después se rodó una película que pone en escena no sólo la biografía del editor sino también la de Thomas Wolfe, uno de los escritores a los que asiste, y la de toda una generación de autores norteamericanos de prestigio e interés universal.

En efecto, “Pasión por las letras” es una película de 2016 que documenta un mundo tal vez desconocido para la mayoría de nosotros. Se trata de la cocina de los libros. Y no de cualquier libro, sino los que caracterizaron a la “generación perdida”. Se reunió bajo ese nombre a una serie de escritores estadounidenses que vivieron en París y en otras ciudades europeas desde el fin de la Primera Guerra Mundial hasta la crisis de la bolsa de 1929. Nombres como John Dos Passos, Ezra Pound, Faulkner, Hemingway, Scott Fitzgerald se consideraron miembros de esa generación. El nombre del grupo se debe a un comentario informal hecho por Gertrude Stein, amiga íntima de Hemingway, “Sois todos de una generación perdida” que luego populariza Hemingway en sus obras Fiesta y París era una fiesta.

Si Wolfe no siempre aparece entre la nómina de esa generación es porque su literatura es suficientemente misteriosa para resistirse a ser atrapada en un colectivo. De él, de sus excesos y de la relación que establece con el editor Maxwell Perkins se trata el film.

En las primeras escenas vemos al flemático Perkins leyendo un manuscrito interminable. El actor que lo interpreta es Colin Firth, quien transmite, junto a la música y los paisajes suburbanos que su tren atraviesa, la belleza y profundidad que tiene el texto que suena en off. Se trata de lo que luego será “El ángel que nos mira”, primera novela y éxito editorial de Wolfe.

Vemos que no se trata simplemente de la tarea de un editor. En realidad, Perkins (Colin Firth) realiza una labor muy diferente a la que suele hacer el responsable editorial de un proyecto. Su trabajo no es escoger aquello que es comercial y artísticamente publicable, o medir las propuestas de armado, tapa, clasificación por género, etc. Perkins interviene en la fase de corrección. Eso constituye una intromisión en el trabajo creativo, en el que desempeña habitualmente el autor.

Muchos escritores reconocen que corregir insume parte importante del tiempo y el esfuerzo que supone la escritura.

En rigor, lo que hace Perkins con Wolfe es más que ejercer una guía. Sostiene la poda e interviene sugiriendo resoluciones, limitando las descripciones, rebanando todas las historias subsidiarias que van apareciendo como ramificaciones del relato central. Unifica, desecha, poda…

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El estilo desbocado de Wolfe responde a su personalidad expansiva, magnética aunque poco empática e impulsiva. Los excesos, que compartió con casi todos los autores de esta generación y con muchos otros hombres que atravesaron ese tiempo de desánimo, constituían un problema extra.

Maxwell Perkins aporta el elemento apolíneo necesario para la tarea de corregir. Su mano experta, su indiscutible buen gusto literario y una experiencia vasta en acompañar a autores de primer nivel, como Fitzgerald o Hemingway, refina los textos.

Una de las escenas más hiperbólica y representativa es la que relata el momento en que Wolfe entrega el manuscrito de Del Tiempo y el río. Una serie de empleados de la editorial va ingresando cajas y cajas repletas de papeles, mientras el editor sonríe con resignación. Sabe que será tarea de él reducir a la mínima expresión ese cúmulo de páginas para poder publicarlo.

Sin embargo, lo que hace medular su presencia en la vida de Wolfe es el cuidado de amigo fiel y protector que le dispensa.

En el film vemos a ambos abordar el tren hacia la residencia de Perkins. El autor interviene activamente de la vida familiar del editor, interactúa con su esposa y sus cuatro hijas, como si fuera uno más de la prole.

Perkins sabe cómo apadrinarlo, refrenar sus impulsos y protegerlo de los peligros. Éste es precisamente el núcleo de la película. El desarrollo de una amistad estrecha entre el editor y el escritor.

Los textos que surgen del talento de Wolfe son disciplinados mediante un amoroso asesoramiento. Y el cuidado del artista en tanto hombre logra que esos productos se inscriban entre los más ponderables de la literatura estadounidense del siglo XX.

Una buena reconstrucción de época y las actuaciones de Jude Law (Thomas Wolfe) y el resto del elenco construyen una historia que nos acerca la visión variopinta de escritores interesantes. Los mismos que se dejaron retratar por Woody Allen en la maravillosa “Medianoche en París”.

La película “Pasión por las letras” o “El editor de genios”, según se la tituló para distintos países, atrapa el estilo de vida y el pensamiento de esa generación que debió sobreponerse a la postguerra, a la gran crisis económica pero también cultural de EEUU, además de hacerle tributo a los agentes literarios que hacen brillar artistas y deciden relegarse a la invisibilidad. Un elogio de la amistad conmovedor y, por tanto, digno de verse.