"Un disco, un libro, un poema", #7 Ana Dubié

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Hoy, en esta columna en la que artistas y referentes culturales comparten elecciones literarias y musicales para acercar a los lectores fragmentos de su universo sensible, el convite es para Ana Dubié.

Ana es estudiante de Historia y una de las principales gestoras de la milonga en la Universidad Nacional de La Pampa, donde dicta talleres de Tango Social. Participó de la organización del Festival Nacional de Tango “Nido Gaucho”, el “Chocolate Milonguero”, los viernes de tango en la Plaza San Martín y “Milonga Sur”, iniciativas destinadas a públicos de todas las edades, que han ido contribuyendo a renovar los salones de baile, para que volvieron a poblarse, y en algunos casos, con una camada de jóvenes ávidos por bailar. (Ph. Milonga Baldosa floja)

Éstas son sus elecciones:

Un disco
Entre entender que nos cuidamos estando aislados, pero no poder entender cómo nos vamos a cuidar si estamos aislados, y aisladas. La cuarentena se siente como el ‘entre’ y lo agarro de excusa para elegir otro tiempo-entre, la madrugada.

Madrugada, ópera prima del entonces Trío Cedrón. Año 1964, el tango ya no se bailaba, la escena tanguera se dividía entre los defensores y los detractores de Piazzolla, pero había un paria, el Tata Cedrón, que le puso música a unos poemas de Juan Gelman en Madrugada y en un disco posterior Cuerpo que me querés (1966).

Pasó bastante tiempo hasta que me amigué con la forma extraña de decir las palabras que tiene Juan Gelman, ni qué hablar de la voz del Tata que te lleva al terreno de lo fantasmagórico, lo incómodo, junto con el trío bandoneón, violín y cello. Aun así, Madrugada se convirtió en esos discos de escucha repetida y, cada vez, la piel de gallina.

Se puede bucear en el cedronario por acá: cuartetocedronobracompleta.blogspot.com.

Una yapa: La Madrugada (2015) Luciana Jury. Pude verla en tres ocasiones que vino a Santa Rosa, pero bastó la primera vez para dejarme cautivada con toda esa mujer que desborda, porque cuando la veo, no veo una boca que canta, unas manos o un gesto en la cara, es todo su cuerpo y algo más que se expresa. Su voz, puede ser miles de voces. Luciana Jury dice que puede cantar cualquier cosa mientras que le pase por la piel. Así, La Madrugada es bien ecléctico, y cada canción es piel.

La verdad de la milanesa: Mis discos elegidos quedaron en cuarentena, son los de Zohar y Guillermina y Los Planetas, de lo más lindo que escuché el año pasado y que deseo volver a escuchar cuando nos podamos abrazar.

Un libro
Lo último que fui a canjear a la librería fue la obra completa del sanjuanino Jorge Leónidas Escudero. Entro y salgo del libro a mi antojo y siempre me deja abismada en alguna sensación o pensamiento.

Lo descubrí en la voz de Tom Lupo cuando hacía El pez náufrago en la radio, iba antes de Dolina. El programa de poesía y música duraba una horita pero fue una ventana enorme para conocer autoras y autores. Esa vez escuché La medecina. Después lo busqué en google y me copié algunos poemas para guardar y regalar.

Con Leónidas Escudero no podés leer de corrido, tenés que hacer una lectura más detenida. Escribe como se habla, y las palabras no ocupan el espacio de manera convencional. Las palabras que se corren de lugar van tomando otros sentidos y a la vez me corren de lugar a mí como lectora.

Además está la cuestión de que fue minero toda su vida y recién a los cincuenta años comenzó a publicar. Mientras que el imaginario colectivo nos presenta a les artistas como si lo fueran de toda la vida; acá la certeza de un devenir.

“El asunto de la palabra única es la que va a expresar lo que uno realmente siente, pero no alcanza la palabra contra la palabra única, entonces yo por ahí en un poema digo, que entonces hay que hundir el lápiz en el papel y hacer un agujero para el otro lado a ver si está ahí la palabra única. Todavía la sigo buscando, y no la encuentro, ni la encontraré parece, porque creo que nadie la puede encontrar, porque lo que sentimos nosotros debe ser inenarrable”

Un poema

Marianela Saavedra

“Ella tenía un don. Quizás un don. Todo lo dicho por ella, era. Entonces si decía pan, era el pan. Entonces si decía paraguas y lluvia, se descubría bajo un paraguas, un paraguas bajo la lluvia. Quizás un don. Pronto supo que decir más no que hacer. Todo lo dicho por ella era. Comenzaba el día diciendo nubes, risa, hijos, hija, agua caliente, tierra, teros y pasto, decía calles, perros, ventanas, peces en el río, membrillos en los árboles, adobe en las manos, pañuelos para la zamba, zamba para los bailarines, bailarines para las penas, decía vino para los borrachos, excusas para los amantes, café y olor a café, mensajes bajo la almohada, una estrella naciendo donde otra acababa de morir. Todo lo dicho por ella era. Lo no dicho no era. Sintió miedo de no llegar a decir, todo lo que había por decir. La lista era extensa. Las palabras son infinitas. Sintió miedo. Pensó que alguna vez se olvidó de nombrarlo a él porque él ya no estaba. En qué momento se lo olvidó? Un don, quizás un don. Lloró, con todito el cuerpo, con toditas las palabras, lloró. Lloró. Y entonces dijo pan y fue el pan. Todo lo dicho por ella era. Dijo amigas, rutas, marihuana, colores, hijos míos, hija mía, dijo lucha, noches y besos, dijo hoy y fue tu sonrisa, dijo amor y fue poesía.”

Emily Dickinson. Versión de Silvina Ocampo
¡Soy nadie! ¿Quién eres?
¿Eres — nadie — también?
¡Somos entonces un par!
No lo digas son capaces de descubrirlos — lo sabes.
¡Qué horrible — ser — alguien!
Qué impudicia — como una rana —
Decir vuestro nombre — todo el santo día —
a un admirativo pantano.