jueves 05 de diciembre del 2019

DE OTRO POZO

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"Algo en qué creer", una serie danesa imperdible

* Por Gisela Colombo

Las infinitas propuestas que llegan a nuestras manos por medio de las plataformas de streaming suscitan casi la misma sensación que entrar a una de esas librerías inmensas, montadas quizá en un antiguo teatro, donde uno se pierde en la angustia que provoca la proliferación del caos. Como si probáramos un perfume tras otro, tarde o temprano sobrevendrá el mareo.

Elegir qué ver es un desafío vertiginoso. Y, aunque gran parte de lo ofrecido comparte temas y tratamientos clichés, la globalización nos entrega los mejores productos de cada país.

En este caso, será una serie danesa llamada “Algo en qué creer”. Adam Price es el director. Se trata de una primera temporada con diez capítulos. La historia narra la vida de una familia cuyo pater familias es un pastor cristiano de la Iglesia danesa. La madre, abocada a sostener a ese hombre y habituada a las concesiones más injustas, soporta problemas con el alcohol de su marido y permanentes infidelidades. Los hijos, cada uno sumergido en su propia problemática, transitan el problema que les generan las expectativas paternas en una familia cuyos ancestros fueron pastores desde hace doscientos cincuenta años.

Christian, el hijo mayor, ha estudiado teología pero la abandonó después de años. Luego, se aplicó al estudio de una carrera de “Negocios”, en ambos casos conducido por las expectativas de su padre, alternativamente para agradarle o desagradarle. Su vida amorosa también es caótica. August, el menor, ha cumplido los anhelos de su padre y es un pastor a quien envían a Medio Oriente para acompañar a los soldados del ejército danés. Allí se ve envuelto en un tiroteo y mata accidentalmente a una civil. Desde entonces, estará afectado por cierto desequilibrio psicológico. Su esposa, que es médica, ve aplazado el deseo de ser madre mientras asiste a una nueva adicción de August a los psicofármacos.

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En todos los casos es posible observar el abismo entre los deseos de los personajes y los reveses de la suerte. Algunos de esos desórdenes provienen de cierta pulsión autodestructiva que opera en todos ellos como manifestación de lo tanático.

Pero otros parecen ironías divinas. Sin la pretensión de santidad que el prejuicio podría prometer, el asunto religioso es un costado más de la reflexión sobre los vínculos, la crianza, la ira o la mansedumbre con la que se pliega cada quien a lo que la providencia le propone. El cruce del mundo musulmán y el budista registra el carácter ecuménico de nuestras sociedades actuales y todo se piensa sin un sentido de ejemplaridad. La duda se torna el ámbito en el que se desarrolla todo.

El problema del mal que ha obsesionado al hombre religioso desde que el mundo gira también se revisa a lo largo de los diez capítulos.

Contrariamente a lo que se espera de una producción como ésta, teñida por lo religioso, la fe se limita a ser una resistencia intermitente a los vaivenes incomprensibles de la fortuna. Sin moralismo, desnuda las debilidades de hombres y mujeres y suscita planteos sobre los desafíos de la contemporaneidad. El estilo de vida danés también se da cita con sus hábitos extraños para estos lares, como es el caso de la escuela de natación que funciona en mar abierto y al que acuden a nadar, aun con lo destemplado de esas latitudes, completamente desnudos.

La gestión del mundo eclesiástico en nada se parece a la nuestra. Los pastores y las autoridades actúan como CEOs de empresas con fines de lucro, aunque sus miserias son, en algún punto, universales.

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Los personajes escapan en todos los casos a la idealización. Son creíbles hasta la médula y están construidos en partes iguales de luces y sombras.

Excelentemente actuada y dirigida también, el guión hace gala de lo mejor de la ficción contemporánea y una profundidad pocas veces vista en series comerciales.

Una propuesta imperdible para quienes valoran más las preguntas filosóficas que las respuestas dogmáticas.