DE OTRO POZO

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Nace una estrella, una historia de amor contada con gloria

* Por Gisela Colombo

Quienes no hemos sido jamás fans de Lady Gaga tenemos perdidos sus rasgos detrás de los innumerables disfraces, maquillajes y curiosos atuendos que usa. Francamente, no podríamos reconocerla si la viéramos en el subte o en la sala de espera del dentista.

Creo que tal vez funcione igual el velo que nos cubrió hasta hoy su talento actoral. El velo del prejuicio. De una credibilidad inobjetable, el talento con el que interpreta el personaje protagónico femenino de Nace una estrella alcanzaría para ser premiada con plena justicia. Pero si a eso se suma su pedido expreso por contrato de cantar TODO lo que el personaje interpreta EN VIVO entonces será difícil que se le niegue cualquier galardón.

No era para ella la propuesta en origen. Beyoncé estaba destinada a ser la protagonista de esta película. La dirección sería de Clint Eastwood. Una serie de dilaciones y trabas quiso que Bradley Cooper protagonizara, pero también se erigiera en director. Y que fuera Lady Gaga la estrella que nace.

El último jueves la película desembarcó en Santa Rosa en el marco de un ciclo de proyecciones asociadas a las nominaciones de los Premios Oscar.

Se trata de un film que narra la vida de una chica de gran talento musical cuya cotidianidad no incluye la música más que como pasatiempo. Interpreta canciones de Edith Piaf en un bar transformista una noche por semana. Eso es todo. A lo largo del relato, vamos conociendo a su padre, un cantante frustrado que se dedica una y otra vez a desalentarla porque cree que no es lo suficientemente bella para convertir su vocación en profesión.

Un cantante de música country consagrado y famosísimo (Bradley Cooper) irrumpirá por puro azar en su vida.

El personaje de Cooper ahoga su soledad en el alcohol y las drogas, lo que podría haber sido un cliché si no fuera porque el tratamiento del tema resulta sensiblemente más cercano que lo habitual.

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Una de esas noches en que no sabe qué hacer consigo mismo, Jack termina de tocar y decide bajar de su coche en el primer sitio donde le sirvan alcohol. Llega así al bar en que Ally canta, y ve su show, que excede por mucho la exhibición del talento musical. Encantado con lo que adivina detrás de esa muestra de pericia vocal y espíritu, se propone conocerla y es cuando empieza a desnudarse el desamparo en el que vive él y la fortaleza que caracteriza a esta mujer en términos emocionales.

En rigor, el relato logra acercarnos al artista en lo más íntimo y humano de su vida. No sólo mediante la decadencia de él sino también por medio de la transformación de ella en una artista pop, y el modo en que se ve tentada a perder profundidad y personalidad, como consecuencia. El acento está puesto en aquellos detalles que nos recuerdan que todo ídolo es uno más de nosotros con un don especial y no un ángel que nos sobrevuela.

Los primeros días después de conocerse la pareja, sin haber mediado presentaciones, visitas previas ni nada de eso, vemos a Ally dormida en su cuarto de soltera y a Jack, la estrella inalcanzable, sentado sobre la cama, mirándola. Al despertar, ella se sorprende de verlo allí. (Su padre lo ha dejado entrar).

Esta escena revela mucho más que ningún parlamento un proceso que no se detiene: Jack penetra la intimidad de Ally mientras desnuda su propia vulnerabilidad. Ésta es la clave de la obra. Huelgan las escenas que tienen la misma tónica y consiguen nuestra empatía.

La actitud que toma el personaje de Ally cuando sale con el célebre Jack e interactúa con la gente en la calle es otra invitación a ver las cosas desde una perspectiva diferente a la del fan. Quizá no es exactamente un conflicto del ídolo, pero sí de quienes lo aman. En las primeras oportunidades en que el cantante es abordado por admiradores, Ally reacciona violentamente. El guión no nos explica qué siente o por qué lo hace y, sin embargo, no hace falta más que oír lo que manifiestan los seres queridos de muchos ídolos populares. La sensación de tener que compartir al ser amado, la de tener que resignarse a que no les pertenece del todo, porque una parte de él vive en cada espectador que sabe reclamarlo en cuanto lo ve, es otra invitación a descubrir el lado oculto de la fama.

Si algo hay para resaltar de Bradley Cooper, de quien no es novedad que actúa muy bien, es que como Lady Gaga nos ha sorprendido gratamente. Pero esta vez en su función de director. Ésa ha sido una de las áreas más aclamadas de la película.

Sólo un botón por muestra hace falta para verlo: El cantante se disculpa con su hermano (a quien antes echó del peor modo) con una frase simple, aunque no fácil de pronunciar para Jack. Nunca es fácil pedir perdón y menos confesarle a quien ofendimos que, en realidad, siempre ha sido nuestro ideal. Pero mientras Jack se aleja después de haber hablado, estamos a espaldas de su hermano que sigue al volante de una camioneta. Estamos en el asiento trasero y lo vemos girar la cabeza como hace cualquier conductor para medir las dimensiones cuando piensa avanzar en reversa. En ese momento, la cámara (nosotros) estamos tan cerca de él que se nos revelan bella y claramente las emociones que lo atraviesan. Un rostro conmovido, los ojos vidriosos, el rictus de dolor… Destacable. La película está plagada de aciertos como éste. Lady Gaga es objeto de muchos de ellos, y su actuación exalta los recursos del director.

En búsqueda de la intimidad y la emoción, confiando plenamente en la capacidad actoral del elenco, Cooper logra un relato conmovedor.

Su intervención en el guión tampoco extraña. Es posible que su propia experiencia de la fama haya influido un poco en el modo efectivo con que modifica la perspectiva de espectadores que llevábamos al ingresar al cine y la convierte en la mirada de todo desde sus ojos, desde la visión del famoso. Una visión empática que nos pone en los zapatos del artista, nos descubre los contrastes tremendos entre la adrenalina del escenario y la soledad que sobreviene cuando se apagan las luces. Por eso suena al Cooper guionista la reflexión del personaje:

En víspera de su primer concierto, Jack intenta revelarle la clave del éxito artístico a Ally. Muchos, “todos” tienen talento. Pero sólo llega al corazón del público quien es genuino, quien revela algo profundamente verdadero, aquel que “tiene algo que decir”.

No es original el tema del film. Tampoco el argumento, es sabido que “Nace una estrella” tiene al menos dos versiones anteriores, la primera estrenada en la década de 1930.

La originalidad radica en el “cómo” se ha contado la historia. En la maestría con que se expresaron las distintas áreas que componen un producto como éste. Entre ellas, especialmente la de la música.

Cada una de las canciones que se incluyen ha sido compuesta por Lady Gaga para la película. La banda de sonido tiene, en este caso, mucho más valor que en otros. Así lo pensó el público que desde octubre ha roto los récords de ventas.

Los duetos de Cooper y Gaga construyen los momentos más altos del relato y lo que es una historia de amor que trasciende el tema de la gloria artística, no obstante, no nos priva de ella en ningún momento.