lunes 06 de julio del 2020

DE OTRO POZO

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"El silencio de la ciudad blanca"

* Por Gisela Colombo

La modalidad contemporánea de las sagas literarias en muchos casos tiene destino de serie para televisión o streaming. Pero no es tan habitual ver sus diferentes títulos llevados a films independientes. Eso, seguramente, supone un riesgo más alto de inversión. No obstante, cuando se trata de una ficción probada, que ha conquistado al público de varios países en varios idiomas diferentes, las perspectivas suelen ser más optimistas.

Éste es el caso de una película que se titula del mismo modo que la novela literaria que le da origen. La autora Eva García Sáenz de Urturi (Vitoria) publicó en 2016 El silencio de la ciudad blanca, un policial muy atractivo donde se mezclan, por un lado, crímenes del pasado cometidos por un antropólogo afecto a matar con un método muy doloroso, y por el otro, nuevos ataques de alguien que no está confinado en la cárcel hace veinte años y aun así logra reproducir todo el modus operandi original.

¿En qué consiste? El agresor introduce abejas dentro de la boca de sus víctimas a quienes inmoviliza previamente con una droga que les inocula. El final no es cuando mueren en el laboratorio creado para tal fin. Las picaduras internas y los daños desesperantes que generan los insectos para librarse del encierro en un cuerpo desconocido no son el último peldaño. El asesino presenta los cuerpos desnudos de dos personas (un hombre y una mujer) de la misma edad como si hubieran sido sorprendidos en un himeneo del Paraíso. El ingrediente histórico y cultural no falta. Hay una referencia directa al Génesis, el primer libro de la Biblia presente en los libros sagrados de las tres religiones más populares de Occidente. Los hechos ocurren inicialmente en una Iglesia que, según parece, guarda en símbolos una filosofía contraria a la que enseña la doctrina católica. Es, según define el mismo texto, un modo de observar “desde abajo” y no “desde arriba” la realidad. El “desde arriba” retrataría la perspectiva de Dios. El cómo se ven las cosas desde su mirada. Pero “desde abajo” se desnudan aspectos impensados en ese dogma que atravesó la historia. Dios siente envidia de sus criaturas, que pueden haber sido tocadas por el amor a otro ser, y optan por estar acompañadas. Y él, el Dios que refiere también al creador de este salvajismo, estará irremediablemente solo.

Las edades de los hombres y mujeres ordenan los crímenes, comenzando por el asesinato de una pareja de bebés, dispuestos en un espectáculo cuya estética es digna de una instalación artística. La secuencia homicida avanza a intervalos de cinco años entre una pareja y otra. Pronto se sabrá que el asesino captura a las dos víctimas por separado. Todos los cadáveres son presentados igual, en una misma escena, aunque en diferentes sitios, todos emblemáticos para la historia local que ocurre en Vitoria, una pequeña ciudad del norte de España. Ambos desnudos, con una flor de Girasol tapando la región genital, hombre y mujer son una huella religiosa que la tradición nos propone como nuevos Adán y Eva.

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Con El silencio de la ciudad blanca arranca una trilogía de la que Los ritos del agua corresponderá a la segunda entrega y Los señores del tiempo será el desenlace.

La película, que tiene todos los ingredientes de un thriller comercial de un país anglosajón o germánico, es aceptable, creíble, ágil, pero muy poco cercana a aquella identidad que hace del cine español una experiencia diferente.

El final no deja dudas de que habrá otros films para esta saga. Porque éste queda inconcluso no sólo en términos literales (situación indefinida de algunos personajes) sino especialmente porque no se resuelve en absoluto por qué un hombre reproduce el modo de matar de otro que está a punto de salir de la cárcel después de veinte años de condena.

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Algunas imágenes podrían dejarnos pensando por su valor simbólico. Las abejas, que se mencionan como seres relacionados con lo solar y, para el asesino, son expresión de virtudes humanas como el comportamiento en comunidad y la capacidad de asociación que anima toda sociedad. Pero mucho más remite a la inversión del poder entre Dios y sus criaturas. Explícitamente dice el asesino que son las abejas comunes quienes escogen a quien van a alzar como la soberana de la colmena. ¿Quién es entonces el poderoso?

Esta imagen reproduce la reflexión hecha frente a los frescos de la Iglesia bajo las categorías de visión “desde arriba” o “desde abajo”.

Los Girasoles, que tradicionalmente son símbolo de los devotos, de quienes guían sus movimientos siempre atentos a su “Dios”, el Sol, aparecen tapando los genitales de los cuerpos sin vida, pero también un tatuaje grabado en el cuello en algunos personajes anticipa su misterio que seguramente se desarrollará en los dos films que siguen.

En fin, un producto recomendable del director Daniel Calpasoro que promete mucho más en las dos secuencias que faltan. Belén Rueda, Aura Garrido, Javier Rey y Manolo Solo interpretan los papeles centrales, con buenos resultados, aunque la mayor de las actrices no parece haber sido elegida con el mismo criterio del texto que pone un énfasis especial en las edades de las víctimas.

Rueda se ve como una persona mucho más madura que Rey. Quizá también ésto se explique en lo que vendrá.