jueves 24 de septiembre del 2020

De otro pozo, El secreto

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"El secreto”

* Por Gisela Colombo

Dentro del listado que oferta la plataforma de streaming más popular aparece “El secreto”, un documental inspirado en el libro que lleva el mismo nombre y fue escrito por Rhonda Byrne.

¿Qué es el secreto al que se refiere el título? Pues un concepto presente en las filosofías más antiguas de Occidente que viaja por vía hermética o tradicional hasta nuestros días.

En la producción nos presentan a figuras famosas de toda la historia que, en teoría, profesaban esta especie de fe en el orden del Universo.

El planteo se relaciona con La Ley de Atracción, que tan popular se ha hecho en las últimas décadas e implica que todo aquello que se desee sincera y apasionadamente durante un tiempo, se realiza en materia tarde o temprano.

Las lecciones que ofrece el producto audiovisual van desde la indagación personal para descubrir qué es puntualmente lo que uno desea. Pasando luego por el modo conveniente de “desear”. En virtud de que el Universo no entiende de negaciones, pensar en lo que no se desea sería el mayor error. Aquí se me ocurre una frase de una canción “Tanto le temés, que al fin sucede”. En la misma canción se dirá después “Tanto lo deseás, que al fin sucede”. En rigor nuestro propio pensamiento no registra el “no”. Los publicistas lo saben muy bien. La manifestación de los deseos no debe formularse con un sentido negativo. Por dar un ejemplo: “Que esta pandemia no sea mortal para mucha gente” sería energéticamente como anhelar la muerte de muchas personas en esta ocasión de epidemia global. En todo caso, lo recomendable sería decirlo así: “Que la gran mayoría de nosotros pueda vencer la virulencia del Corona Virus.”

Pero en esta práctica de formular mensajes existe la concepción tradicional del “Verbo” según la cual decir y crear materia son estímulo-consecuencia.

Los griegos llamaban a ese verbo, “Logos”. La definición de “Verbo” no alcanza para aprehender su significado. El Logos es, según esta corriente, una palabra, una acción, una creación y el objeto creado. Todo lo que se pronuncia tiene un valor casi ritual, ligado a una magia que Mircea Eliade relaciona con el “Illud tempore” que es aquel tiempo previo a la historia donde las condiciones incluían la efectividad de los procedimientos mágicos o rituales.

Esta visión de la palabra, que se relaciona con una mirada mítica del mundo, convierte a todo aquello que puede ser dicho, en una herramienta, en un arma para crear realidad. Ese “decretar” que consiste simplemente en pronunciar un deseo o un temor, precisamente por su efectividad se convierte en una utilización del lenguaje como si fuera sagrado, casi litúrgico.

En nuestro mundo desacralizado, positivista y escéptico, es difícil creer que por pronunciar una sentencia, aquello se hará realidad. Sin embargo, es más simple verlo cuando la materia que manipula es psicológica. El complejo de Pigmalión, muy estudiado en la pedagogía, demuestra que basta con decirle a un niño que es de determinado modo, para que él y sus acciones busquen merecer ese “modo” que se le hubiera atribuido, sea verdadero o no. Eso le concede un gran poder a lo que se dice. Por ello padres y educadores deben evitar la calificación cerrada del niño.

¿No es visible en este caso el poder de materialización que tiene la palabra?

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“El secreto” propone este uso ritual de la palabra que debe estar formulado en sentido afirmativo y ser tan repetitivo como se pueda en sus afirmaciones. De tal manera que el “Universo” pueda responder como lo hacía el genio de la lámpara en el relato de Aladino que encontramos en Las mil y una noches. El Universo, como el genio, en cuanto aparezca dirá: “Tus deseos son órdenes”, así lo expresa el documental.

El tercer paso de ese camino de realización que es el “secreto” está en una capacidad espiritual y ya no intelectual. Y es la de la creencia férrea en que aquello que se decreta, sucederá. Esa “esperanza” de que se realizará lo pedido es fundamental para que sea efectivo el mecanismo.

La pregunta que cabe hacerse es si verdaderamente es un secreto este asunto. Puede serlo para el hombre post-ilustración, cientificista y descreído. Pero no lo es para otros momentos históricos, ni para las religiones. En La Biblia, en el Evangelio de Marcos, capítulo 11, versículo 24 el mismo Jesucristo revela cómo hay que pedir a Dios:
“Por eso os digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas.”

Quienes han profesado esta filosofía, que es más una metafísica, sostienen que el tiempo y el espacio son categorías del hombre, no del Universo, por lo cual si algo ya se manifestó ya a los ojos del hombre o no, es indiferente.

El documental cumple con su propósito de despertar el interés en quien no conoce de antemano estos conceptos.

No obstante, la espectacularidad con que se trata, la estética y el carácter mediático de quienes testimonian ante cámara le resta seriedad al planteo que, es cierto, recorrió la historia y fue profesado por grandes hombres de la humanidad. Aunque esos sujetos no es probable que lo consideraran un secreto. Y, lo más importante, muchos que la historia no rescató como genios también seguramente abrazaran la postura y los éxitos no acreditaron la tremenda eficacia que se le atribuye. Lo cual estadísticamente debilitaría considerablemente la teoría.

En suma, ni el libro ni el documental pierden interés pero no han de ser tomados más que como disparadores para ingresar en un tema sobre el que sin dudas se han escrito cientos de miles de páginas en Occidente.