De otro pozo

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“Emily en París”

* Por Gisela Colombo

El viernes pasado una plataforma de streaming muy popular presentó una nueva serie llamada “Emily en París” y protagonizada por la actriz Lili Collins cuya fama precedió su carrera, por ser hija de Phil Collins, el cantante legendario de Génesis. Eso no significa que la joven no haya sabido hacerse merecedora de ella. Sus actuaciones revelaron que esa fama tiene sustento por sí misma.

En este caso su labor rebasó por mucho el rol de protagonista de la serie. Aquí no sólo encabezó el elenco, poniéndose en la piel de “Emily Cooper”. Fue, asimismo, motor fundamental de la serie, desde su desempeño en la producción.

El resultado es una ficción que promete una segunda temporada, compuesta por diez episodios breves (de treinta minutos aproximadamente), que cuentan una historia sencilla. Una joven de Chicago, especialista en mercadotecnia, es trasladada a París, a causa de la indisposición de su jefa a último momento. La organización en que trabaja, la destina a Francia para que se desempeñe en una empresa publicitaria con sede allí, que ha sido adquirida recientemente por la firma estadounidense.

“Emily Cooper” es experta en redes sociales. Y, naturalmente, porta el bagaje cultural estadounidense. No únicamente en hábitos. Las ideas, verdades incuestionables que ponen en funcionamiento la estructura social en su mundo, se le revelan ahora como una programación que impone una perspectiva comunitaria desde donde se interpreta la vida. Pero hay otras muy diversas en otras latitudes. Por eso, lo que hallará es el clásico contrapunto entre culturas. Si ella cree que el ideal es vivir para trabajar, sus compañeros parisinos le hacen ver que consideran completamente falaz o necia su programación.

Emily carga también hábitos que el mundo parisino considera de mal gusto, mientras el ethos “yankee” acepta y reproduce.

A la inversa, se ve una batalla entre cierto “decoro” puritano estadounidense,de existencia dudosa, y la lengua sin tapujos, sexuada por demás, que pone en boca de los franceses parlamentos irreproducibles.

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En efecto, los primeros capítulos se concentran en las diferencias culturales de todo tipo que acaban por ser una crítica a ambas culturas. Es en ese mismo momento de la serie cuando se potencia más la exhibición de la ciudad de París con un cariz estético y hasta turístico. En este sentido, la ficción le hace un gran servicio a la Ciudad Luz. Hay tanta belleza en los rincones que se registran, que despierta el anhelo de visitarlos.

La moda es otro de los elementos medulares. La misma vestuarista, el mismo propósito de imponer la búsqueda de lo “fashion” que practica “Sex and the City”, como si del sentido de la vida se tratara, pudo haber influido las opiniones que vieron en “Emily en París” un intento similar. Quizá también pesó la construcción de una pasarela a cielo abierto en París como lo es allí, Nueva York. Pero, en rigor, mucho más se parece a aquellas películas clásicas que se escribían y montaban para que la sofisticadísima Audrey Hepburn paseara su gracia y entretuviera ingenuamente mientras se exhibía en su entorno la crema de la sociedad y el mercado más suntuoso de la época como ideales dignos del deseo popular.

Lily Collins recuerda tanto más a esa belleza naif de Hepburn que a Sarah Jessica Parker. A quien conozca el clásico film de “Sabrina”, no le será fácil ignorar la referencia. “Sabrina” es la joven hija de un chofer que gana una beca para estudiar en París; parte y se refina, para volver transformada y atraer ahora a los dos hijos ricos de la familia empleadora.

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Podría parecer simple el desafío de aplicar una fórmula que fue imbatible en el pasado. Pero es, en realidad, una tarea de relojero suizo, una carabela hecha dentro de una botella de Coca Cola. Porque en tiempos de cruzadas por la inclusión y de rechazo a los valores patriarcales, muchos tendrán objeciones.

El lujo, la figura de belleza tradicional de Emily y hasta la mezcla permanente entre la condición de trabajadora apta, a la vez que imán romántico o erótico del entorno laboral masculino son difíciles de dosificar en un mundo tan atento a la compensación urgente de siglos que nos proponemos en una generación nomás.

“Emily en París” atraviesa sus diez episodios sobre esta cuerda floja y no cae. No excluye. Tampoco a quienes anhelan un poco la frescura de comedias románticas de otros tiempos. De ésas que recuerden algún exquisito Desayuno en Tiffany’s.