domingo 29 de noviembre del 2020

De otro pozo

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“El practicante”

* Por Gisela Colombo

En septiembre la plataforma de Streaming más popular abrió la posibilidad de que el público conociera un film protagonizado por el consagrado Mario Casas, actor español protagonista de “Contratiempo”, “Palmeras en la nieve” y otras tantas producciones. Esta insistencia en la identidad del protagonista no es pura nota de color. No sólo porque lo mejor de este film es la actuación de Casas, cuyo talento y desplieguefísico construyen una caracterización tan genial que dificulta un poco reconocer en ese sujeto al galán. Ya para una película anterior, la de “El fotógrafo de Muthausen”, debió bajar veintidós kilos en cuatro meses. Ahora, descendió diez para este film en el que, además, le acentúan las entradas del pelo con la consecuencia de que su rostro se torna otra fisonomía, con un aspecto muy diferente.

La historia del practicante presenta al protagonista, con efectividad especial. Lo vemos como paramédico, descendiendo de la ambulancia y asistiendo junto con Ricardo, su compañero de emergencias(que encarna el actor argentino Guillermo Pfening) a las víctimas de un accidente de tránsito. Ya allí se introducen indicios de lo que veremos después. Presenciamos una sugerencia ligada al coqueteo que hace Ricardo con una mujer joven y atractiva a la que auxilia. Resulta un modo de prefigurar la pulsión que perderá a su compañero. Pero también conocemos que Ángel (Mario Casas) con una sangre fría sorprendente se ocupa de hurtar los objetos personales de los accidentados mientras cumple sus tareas de rescate. Allí ya están delineados los destinos de los dos paramédicos. Porque pronto serán ellos quienes estén en el sitio de las víctimas.

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De vuelta hacia el hospital una repentina descompensación del paciente descontrola al conductor y sufren un accidente que acaba con el vuelco de la ambulancia. Lo que resulta de ello es un chofer indemne (Ricardo) y, en cambio, la pérdida absoluta de la movilidad de las extremidades inferiores de Ángel.

El resentimiento que va creciendo en el protagonista por haberse convertido en alguien que no puede regresar al trabajo ni llevar una vida digna para sus expectativas, mina la relación con Vane, su novia y concubina (que interpreta Débora Francois). La obsesión lo lleva a instalarle un programa espía en su teléfono móvil y a seguir sus pasos con detalle.
En el muro que va plantando entre Vane y él, el paramédico pone en juego una serie de extralimitaciones. Son como la respuesta a la pérdida de masculinidad. Pérdida que comienza por su esterilidad procreativa no asumida y previa al accidente, y continúa sumandoahora la imposibilidad de sentirplacer sexual y el despojo de la función de proveedor, tan tradicionalmente identificada con lo masculino. La violencia de género va increscendo desde entonces.

En el encubrimiento de su primera falta, la de engañar y privar de la libertad a una novia que lo ha dejado, el protagonista se ve obligado a matar a otras personas. Lo que convierte un relato con cierto sentido trágico de la vida, en un thriller que sostiene la atención del espectador permanentemente.

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El final, del que trataremos no develar mucho, puede parecernos previsible, al menos a quienes hemos visto la muy galardonada película de Campanella, que acogieron muy bien en España. Pero quizá para un público que no la tenga presente puede llegar a ser un giro curioso, que ya está referido en el mismo título. “El practicante” puede ser quien ensaya en su actividad laboral lo que luego le tocaría vivir como víctima de un accidente de tránsito. O, en cambio, practica profesionalmente lo que luego hará con propósitos destructivos en su vida amorosa.

El relato cinematográfico atrapa y es escalofriante por momentos. Bien dirigida por Carles Torras, está entre las más taquilleras propuestas del último mes. Vale la pena dedicarle la hora y media que dura para recordar lo bien que saben contar los herederos de Luis Puenzo y del mismísimo Cervantes.