martes 01 de diciembre del 2020

De otro pozo, "Carmel"

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“Carmel”

*Por Gisela Colombo

La última semana se estrenó una producción de Netflix que levantó polvareda en Argentina. Se trata de un documental llamado “Carmel” sobre un caso policial muy renombrado ocurrido el 27 de octubre de 2002, el mismo que involucró a una familia acomodada cuyos apellidos son García Belsunce y Hurtig. “Carmel” es el nombre del country en que ocurrieron los hechos.

El interés del público por este asesinato fue una constante desde que sucedió. Quizá los ingredientes de que se tratara de una familia de clase alta, de que sucediera como en un policial de Ágatha Christie, dentro de un espacio cerrado, de que las sospechas incluyeran lavado de dinero del narcotráfico para el Cartel de México agregaron la atracción necesaria para que durante casi dos décadas suscitara el trabajo periodístico permanente.

Ese enorme caudal de registros, entrevistas, crónicas y reseñas judiciales fue el soporte que debieron conseguir, financiar y consultar con detalle los creadores. Alejandro Hartmann, documentalista de prestigio y Vanessa Ragone, productora de cine consagrada, confiesan que sólo fue posible mediante la inversión que hizo la plataforma de Netflix al participar en la producción del film.

La calidad técnica de “Carmel” es, asimismo, un elemento que la distingue de otros productos cuya investigación pudo haber sido ambiciosa pero el lenguaje audiovisual no llega a conformar.

Soía Mora, guionista, y Hartmann, director, discutían, en el proceso de preproducción si la materia no reclamaba más una ficción que un documental. Afortunadamente, el producto fue una compilación admirable de testimonios de sospechosos, imputados, procesados, condenados, o absueltos, pero también de fiscales, autoridades del Carmel, vecinos, amigos, miembros de la policía, de la custodia, del personal del Club House, camareras, etc., etc. Para quienes son jóvenes y no pudieron seguir el caso que uno hallaba hasta en la sopa, es una crónica invaluable. Para quienes lo vivimos, una sistematización ordenada y útil para lograr la visión general del asunto. El documental recoge las hipótesis fundamentales que fueron imponiéndose a los investigadores pero se mencionan también aquellas que no han tenido la suerte de prosperar.

El crimen que convoca todas las miradas durante estos dieciocho años es el de una socióloga de mediana edad, llamada María Marta, casada con Carlos Carrascosa, un agente financiero exitoso. Sólo ellos dos habitaban la casa donde murió. No tenían hijos, pero estaban rodeados por familiares que vivían en el mismo club. Bártoli e Irene Hurtig, hermana menor de la víctima, estaban tan cerca como para acudir en minutos a socorrer al viudo con su mujer “accidentada”, porque será él quien la encuentre.

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María Marta se desempeñaba laboralmente en entidades como Missing Children y colaboraba con obras solidarias además de asistir con cierta regularidad a comedores infantiles en sitios donde abundaban los necesitados. No parecía estar involucrada en ningún ámbito de alto riesgo.

Lo primero que nos deja claro la reconstrucción cinematográfica es que fue asesinada por alguien que tenía acceso a la casa, porque se las arregló para ingresar, subir hasta la alcoba de la pareja y allí descargarle las seis municiones que contiene el cargador de un arma como la que se usó. Luego, debió partir o mezclarse entre la gente que intentaba auxiliar a quien juzgaban como simple víctima de un accidente doméstico.

No obstante, no pasaría mucho para que se dieran irregularidades en la firma del certificado de defunción, en la intervención insólita de gente poderosa dentro de la Justicia y de la Fuerza policial, aunque también una torpeza sospechosa entre los profesionales médicos que hicieron las primeras revisiones del cuerpo. Los llamados a emergencias y a la prepaga para requerir servicio médico, sirven no sólo para precisar los tiempos del proceso. Se utilizan para registrar las voces de fondo y poder determinar quiénes estaban presentes inmediatamente después del crimen.

Otro indicio llamativo que queda al descubierto en el film es la orden de uno de los médicos de la primera ambulancia. Le sugirió a la masajista que estaba en la casa, y esperaba a la señora para hacerle su terapia semanal, que limpiara la sangre para que el resto de la familia no se impresionara. Así se produjo otro error incriminante, se limpió la escena del crimen.

Todas estas incongruencias nos van inclinando hacia la postura de quienes creen que la responsabilidad es de una familia compuesta por encubridores y asesinos. Pero luego vendrán una serie de pruebas y testimonios que sostienen con tanta o más fuerza la hipótesis de que la víctima descubrió a alguien que conocía (quizá el mismo secuestrador de su perro que le pidió rescate oportunamente), robando en su casa. Y fue víctima de un asesinato criminis causa.

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El documental tiene cuatro capítulos que se ven con verdadera sed y alternan imágenes de los juicios y testimonios, con relatos de mujeres que han hecho de la condena a la familia un blog apologético de gran difusión. Una escritora de novelas relacionadas con el estilo de vida en un country, periodistas y autores de libros sobre el tema van recibiendo la palabra.

Y el resultado logra la objetividad necesaria para dejar al espectador que genere su propio veredicto a partir de los fragmentos.

Ahora, que se absolvió al viudo y está próximo un nuevo juicio contra el vecino problemático del country y dos custodios, sería más que atractivo, un par de episodios más.

¿El mayor logro? El testimonio del viudo condenado a cadena perpetua, que luego fue absuelto, y el del fiscal Molina Pico, a quien muchos atribuyen una obsesión enfermiza por la familia, son las dos joyas de mayor valor que tiene este producto, desde luego, recomendable.