jueves 01 de octubre del 2020

De otro pozo

inferno.jpg

“Inferno”

* Por Gisela Colombo

Hay una creencia tácita desde hace muchas generaciones de que todo libro es positivo. Hace un tiempo pregunté a alguien si le parecía que los adolescentes pudieran leer un libro de mi autoría y me dijo: “Con tal de que lean algo…”.

No fue muy cortés lo suyo. Sin embargo, hoy me sirve para ilustrar esta creencia extendida de que todo es legible.

No lo es, definitivamente. Pero no hace falta atragantarse con un relato de setecientas páginas para saberlo. Con mirar alguna película popular quizá podamos descubrirlo también.

Existe “El nombre de la Rosa” un policial maravilloso que despliega el mundo medieval con maestría sin perder jamás el suspenso que nos atrapa. Y existe Inferno, de Dan Brown. La tercera de la trilogía que inauguró El código Da Vinci, siguió con Ángeles y demonios y terminó con esta obra literaria y su correspondiente film comercial.

Hace un tiempo fue puesta en la plataforma de Netflix la última de las tres producciones que protagoniza Tom Hanks.

El ya célebre investigador Robert Langdon, que encabeza los dos thrillers antecedentes, despierta en una clínica de Florencia adonde no sabe cómo llegó. No pasa más que instantes para que una mujer policía con el aspectodel monje abusador del cilicioque asusta en la primera película, se presente e intente liquidar al investigador. La consabida persecución. La suerte saca al profesor y a la médica y salvadora de Langdon del hospital, por una puerta trasera; ilesos, claro, como conviene a los héroes del celuloide más tradicional. Allí comienza una aventura con todos los ingredientes del producto pochoclero que es. Un objeto misterioso con un demonio tallado sobre hueso humano que bien podría ser el motivo del acecho, y los hilos sueltos propuestos entre varias obras artísticas y la Divina Comedia trenzan una rastadifícil de desenredar. No faltan asechanzas de agresores desconocidos,desplegadas en el escenario urbano italiano, tan rebosante de tránsito imposible como de postales turísticas.

inferno2.jpg

Los temas que sondea, como en el primer libro, rebasan interés. Pero como en aquél caso el relato utiliza una serie de recursos deux ex machina, de sucesos inverosímiles que se descubren como evidentes hilos del entramado mal tejido por alguien con un talento especial para romper vinos centenarios a un segundo del brindis.

No significa que no sepa lo que hace. El director busca taquilla, el autor busca bestsellers̶  y cines llenos, porque es el productor ejecutivo de la película. Y los logra. Es admirable. Genial hombre de negocios.

No obstante, el lector y el espectador deben saber que el mayor valor de la obraes el de suscitarnos la curiosidad. El de llevarnos, si somos suficientemente inquietos, a una búsqueda de los detalles que acaban casi siempre con la convicción de que lo narrado no es más real que una de Freddy Krugger. Así como “El Código Da Vinci”, esta ficción busca impresionar por encima de cualquier otro objetivo. Lo cual no es en absoluto objetable. Siempre que el público sepa que de eso se trata, y no hay un hijo de Cristo y María Magdalena en ningún sitio fuera de la imaginación del autor.

Si el texto peca de una prosa básica, la película abunda en clichés, como si ello fuera a redimir a los osados productores que se permiten narrar algo que roza la cultura.

En fin, quizá sí vale la pena ver esta producción dirigida por Ron Howard cuyo estreno en las salas de cine data del 2016, para certificar que una producción de millones de dólares y el libro más vendido no garantizan calidad. Por lo demás, roguemos a los ángeles del segundo libro que motoricen la canonización de Umberto Eco, el genial escritor de El nombre de la Rosa, y que ¡Dios lo tenga en la gloria!