viernes 29 de mayo del 2020

La casa

Breve ensayo a raíz de un paseo sabatino por la ciudad de Santa Rosa.

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Puede que usted vaya caminando por esa vereda, inmerso en el diálogo interior. O que haya salido al centro a hacer algún trámite, mandado o diligencia. Quizás utilizó esa calle para cruzar la ciudad en automóvil, desde o camino a su casa. O tal vez estuvo parado en la esquina, esperando el colectivo.

Lo cierto es que esa propiedad, que al fin de cuentas es de lo que estamos hablando, inmemorialmente está abandonada, en silencio, con la puerta de entrada y ventanas tapiadas, inerte, gris, mustia, la fachada descascarándose en el olvido, muriendo.

Hace algunos años, transitoriamente, un halo de vida recorrió sus paredes cuando fue ocupada por un grupo de artistas callejeros, malabaristas, pero rápidamente del efímero fulgor pasó al ostracismo, a su estado natural de mortecino aburrimiento.

Hasta el sábado próximo pasado.

Porque fue ese día que la Señorita Corazón y el Fané, armados de brocha, escalera y color, alegraron un poco la casa y la ciudad. Y de tapera convirtieron esa fachada de la calle Rivadavia al 500 –entre Alem y O’Higgins- en un respiro para los transeúntes. Bien vale la ocasión recordar esta pincelada de la inmensa Teresa Girbal.

La Casa

Sí, se está bien en casa

has vuelto de la calle y dices que hace frío

que es invierno otra vez y que qué lástima

pero no importa

ayer decimos “qué calor sofocante” cuánto abrasa el sol del mediodía

y suspirando entrábamos felices a la sombra de las paredes anchas

porque aquí se está bien

con estos libros, con estas cosas

con el aire mismo ordenado según nuestra esperanza

todo tiene el sabor de nuestra vida

la comida y el pan

la taza de té y el vaso de agua

la grieta en la pared y la estrella en la cruz de la ventana

no se porqué la cal, la piedra, me recuerdan el génesis del mundo

¿y si al abrir la puerta familiar, alguna vez, no encontráramos nada?

sería como si el día que miraste, después de años, por la mirilla de la puerta de tu casa

y viste los tapiales, todo el empapelado de los cuartos

algo apagado ya por la intemperie y encendido a la vez por la nostalgia.

Pero aquí se está bien.

Y si de pronto el olvido de dios nos lo borrara

como el hombre de siglos

buscaríamos guarecernos del áspero fragor que nos rodea

y acaso encenderíamos el tiempo con recuerdos de la vieja casa.

Para eso tendríamos que conservar el alma.

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