martes 26 de mayo del 2020

De otro pozo

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“El hombre que conocía el infinito”

* Por Gisela Colombo

“El hombre que conocía el infinito” es una película británica que dirigió Matthew Brown y fue inspirada por un libro de Robert Kanigel llamado “The man who knew infinity”. Dev Partel y Jeremy Irons encabezan el casting.
Se trata de la historia de un matemático hindú autodidacta llamado Srinivasa Ramanujan.

Es, naturalmente, una historia real. Un hombre cuya extraordinaria capacidad matemática fue motivo de admiración de sus coterráneos pero también lo llevó a ser apadrinado por el miembro del Trinity College de la Universidad de Cambridge G. H. Hardy.

En efecto, en tiempos que coinciden con la Primera Guerra Mundial, Ramanujan, que ya estaba casado y tenía grandes dificultades económicas es invitado a trabajar bajo la tutela de un gran profesor. Su esposa acepta la situación de que él parta al Reino Unido, con el propósito de publicar sus trabajos en un ámbito experto.

Hardy se ocupa de maravillarse con los descubrimientos de este hombre que por hindú la sociedad rechaza desde su etnocentrismo característico de la Europa de principios del siglo XX. Pero a la vez su protector le exige que ingrese al código de las ciencias positivas que obligan a un método irremplazable y único para la comprobación de cualquier verdad.

Mientras eso sucede Ramanujan pierde contacto con su esposa, y contrae una enfermedad que en el film es una tuberculosis, pero los registros históricos nombran como “amebiasis”, una dolencia parasitaria propia de climas tropicales.

A medida que va apagándose el hombre, se enciende más su investigación. Los logros extraordinarios reditúan en una beca de la Royal Society y la aceptación como miembro del Trinity College.

Aunque si una característica de este hombre justifica una película muy convencional pero excelente porque así es la historia que relata, es por la devoción religiosa con que el verdadero matemático trabajaba desde la ciencia. No era habitual, y no lo es hoy tampoco, que un científico se pronunciara y adhiriera con tanta fe a una religión. En su caso, una forma del hinduismo según la cual todo le era dictado por una divinidad familiar que desenrollaba ante sus ojos mientras soñaba las fórmulas más revolucionarias. El racionalismo posterior al siglo XVIII determinó que en un intelectual, en un estudioso, debía primar la razón más estricta.

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Varias escenas nos muestran lo excéntrico que resultaba en el ámbito de Cambridge un autodidacta semejante. Hardy (Jeremy Irons) lo interroga respecto al modo en que va descubriendo fórmulas que el mundo académico juzgará novedosas, impensadas, pero estrictamente ciertas. Pero una charla en que Ramanujan confiesa su mecanismo de iluminación es la más representativa de todo el film. En ella, los realizadores ponen en boca del personaje principal una frase que se atribuye al matemático sin dudarlo: «una ecuación para mí no tiene sentido, a menos que represente un pensamiento de Dios».

Para el matemático no sólo no existe una dicotomía entre la Fe y la Ciencia, tampoco debiera segregarse el pensamiento racional, que analiza. Sino integrarlo a la inmediata iluminación del pensamiento intuitivo que en Occidente llamamos “inspiración” y Ramanujan considera que es su arma fundamental.

Único en su especie, el verdadero matemático resulta el pilar en el que se sostiene una obra artística conmovedora. La película nos acerca la figura de un hombre extraordinario; nos invita a repensar ese divorcio entre la ciencia y la fe que existió desde tiempos muy antiguos pero tomó gran vigor en la Ilustración.

No es casual que haya sido este genio quien dio herramientas matemáticas para comprender algunos avances que han hecho la física y la astronomía a propósito de los agujeros negros.