sábado 15 de diciembre del 2018

De otro pozo

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El holograma en La invención de Morel 

* Por Gisela Colombo

Hay un hábito entre los jóvenes (y no tan jóvenes) de comprobar la apariencia que tienen a cada instante. Consiste en sacar el teléfono, ubicarlo frente al rostro y pulsar el ícono que representa la “cámara” fotográfica. Nadie lleva encima un espejo, pero una fotografía o un video resuelven el asunto del reflejo.

Un mecanismo similar opera en La invención de Morel, la novela que le valió el prestigio internacional a Adolfo Bioy Casares. Sus efectos siguen siendo espermáticos para los creadores. La serie “Lost” es sólo uno de los ejemplos en que la obra de Bioy inspira.

Un fugitivo de la justicia arriba a una isla desierta y pronto descubre que existen otros habitantes. Un grupo de turistas snobs que disfrutan las vacaciones en casa del anfitrión y dueño de la isla, el doctor Morel.

El narrador, que es el mismo prófugo, va percibiendo paulatinamente cierta repetición de sus acciones. Incluso ve cómo se reiteran los hechos que él presencia como testigo, como en un “eterno retorno”. Paralelamente, va notando que los convidados son indolentes a su presencia. Se pregunta, alternativamente, si no estarán en distintas dimensiones; si él mismo habrá muerto en la fuga y sólo se niega a aceptarlo; si los visitantes fingen no verlo porque intentan un plan para aprehenderlo y entregarlo a la policía, por lo que no quieren arruinar el efecto sorpresa. Especula respeto a cuál podría ser la causa de esa incomunicación. Lo hace con angustia, porque entre los turistas hay una mujer de la que el protagonista se fue enamorando. Faustine es su nombre.

El enigma se resuelve al detectar la máquina que da a luz a un holograma. Esa secuencia repetida una y otra vez ante sus ojos no es más que una filmación que reproduce una semana de los visitantes y logra una mímesis difícil de diferenciar del original.

El mismo Bioy confiesa que imaginó una especie de reflejo que no sólo hiriera la vista como el espejo sino que lograra convencer a los cinco sentidos.

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¿Cuál era el objetivo de Morel al crear esa máquina?

Se trata del sempiterno propósito humano de lograr la eternidad. Tal mecanismo suele descubrirse en el lenguaje coloquial cuando decimos: “lo inmortalizó en una foto”.

Toda obra artística produce, de algún modo, una eternidad. Un objeto “rosa” en la realidad está condenado a agotarse, a marchitarse, a acabar pulverizado. Si esa rosa se reproduce en un cuadro, en un poema, entonces jamás morirá. Se cristaliza en un momento de plenitud y detiene así la degradación.

Sin embargo, deberá separarse la rosa representada de la rosa original que la inspiró. En algún sentido, la rosa original es fagocitada en la memoria por la rosa eterna, la rosa del poema. Como la Laura real que admiraba Petrarca fue reemplazada por la Laura de sus sonetos, o la Beatrice Portinari fue silenciada por la Beatrice ángel que promueve el viaje de Dante.

En la novela, las consecuencias van más allá de la escisión entre realidad y producto artístico. Inspirado tal vez por un concepto muy arraigado entre los pueblos primitivos, recreado innumerablemente en la historia, el retratar a una persona la despojaba de su alma. La duplicación generada por el invento de Morel le arranca el alma a los seres reales. El acto de ser filmados es una condena a muerte para los convidados del científico. Quienes ingresan al holograma, pierden la vida, aunque ganen en ello su eternidad, según les dice el anfitrión, cuando les confiesa lo que les hizo.

La eternidad proporcionada por la máquina no es exactamente la idea que tenemos de ella. Es, en cambio, una especie de perpetuidad por la fama, a la que ya Aquiles aspiraba en La Ilíada, y él mismo despreciará cuando Ulises lo encuentre en el Hades, en páginas de La Odisea. El héroe reconoce la torpeza de haber elegido morir con tal de acceder a lo que tan solo resulta una supervivencia de lo aparente y no del ser.

No es extraño el argumento considerando que el espanto de la duplicación era tópico que interesaba tanto a Bioy Casares como a su permanente interlocutor en cuestiones literarias y filosóficas, Jorge Luis Borges. Ambos se hacen eco del espanto de los espejos, abordan el tema en su literatura y conciben toda duplicidad como una monstruosa operación.

Así, bajo la apariencia de una novela de aventuras de ciencia ficción, es posible descubrir una reflexión honda sobre la literatura, su emisión y su recepción (el protagonista continuamente nos revela su acto de escritura de la crónica que estamos leyendo). Pero también suscita un cuestionamiento respecto a la cultura de la imagen en la que el mundo está inserto hace unas décadas, y Bioy Casares supo adivinar.

El mecanismo ideado por Morel parece una alegoría de uno de los rasgos más cuestionables de nuestra sociedad transformada por la tecnología. Lo importante no es la vida real, sino la virtual. En el texto, los amigos de Morel, son sometidos, sin consentimiento, a esa “eternidad” particular. El hecho es una traición artera del científico por cuanto quienes ingresan en el holograma no pueden vivir absolutamente nada que no haya sucedido en el momento de ser filmados. No pueden alterar las acciones, los sentimientos ni los pensamientos.

¿En qué reside entonces la imposibilidad de morir? En la imagen que proyectan a los demás. En este sentido, muchos de los artistas (actores, músicos, bailarines, etc.) son cristalizados en algún producto mediante videos y quedan para siempre vivos allí. Pero esa vida eterna que viven dentro de la filmación no les permitirá siquiera sentir o pensar nada nuevo. Es una proyección lo que se ha eternizado en ellos.

Bioy Casares logró adivinar en un texto de 1940, la posibilidad de que en el futuro existieran “hologramas”, que fueron inventados recién ocho años después de la escritura de esta novela y de un modo mucho más rudimentario. A partir de la incorporación del láser, que ocurrió décadas más tarde, logró generarse algo similar a la película de Morel.

Del mismo modo, el autor ha podido anticiparse, como en un presagio, a la prisión que constituiría el quedar atrapados en el universo de la imagen. Pero la predicción no se limita a lo que pudiera pasar a un artista… En cambio, la realidad toda se ha transformado en un gran espectáculo permanente. Y como en el holograma de Morel, allí sólo hay posibilidad de ser lo que la proyección dice que somos.

No se trata de un relato fantástico, como podría haberse creído a partir de la superposición de dos dimensiones que coexisten, como era hipótesis del prófugo. Es, sin dudas, una novela de ciencia ficción, un producto de la “imaginación disciplinada” por la ciencia o por alguna teoría novedosa de corte filosófico. Aquí ambas cosas se congregan. No será la primera vez que la fantasía del género se convierta en profecía.

Las redes sociales del siglo XXI refrendan su futurismo. Repeticiones hasta el hartazgo de escenas felices que no lo son tanto, en la medida en que no existe una opción menos feliz. Sonrisas forzadas, exhibicionismo de cualquier conducta íntima y mucha frivolidad, que se repiten una y otra vez, sin dejar una sola posibilidad de reflexión, ni de transgresión a la alegría obligatoria y perenne.

El conocimiento extemporáneo, por no decir profético, presente en esta obra es comparable con el de “1984” de George Orwell, que anticipa un mundo de la imagen en el que todos estamos siendo vigilados permanentemente. No extraña que el formato de “Gran Hermano”, el programa televisivo que actúa como un ojo que todo lo ve, haya sido inspirado en esa novela. La invención de Morel actúa en nuestro tiempo de manera similar.

Otros tantos aspectos que no abordaremos aquí se desarrollan en la obra, esta ficción que Borges calificó como “perfecta”. Aunque sí resaltaremos la condición de espejo monstruoso en el que puede convertirse nuestra cultura a partir del vaciamiento y la reducción del mundo únicamente a lo visible. Eso sería la conversión de nuestra vida moderna en un mero holograma.

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