jueves 25 de abril del 2019

DE OTRO POZO

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La favorita: El culto de lo feo para desnudar lo corrupto

* Por Gisela Colombo

La favorita es una película dirigida por Yorgos Lanthimos, que cosechó unas diez nominaciones a los premios Oscar. El director cuyos productos cinematográficos (también ha dirigido comerciales y obras teatrales) han sido revolucionarios por diversos motivos es de origen griego. Antes de ésta, rodó Canino, Langosta y El sacrificio del ciervo sagrado. Todas ellas resultan de algún modo transgresoras, y Lanthimos es un ácido crítico social. En ocasiones mediante distopías de ciencia ficción. A veces, exhibiendo las miserias de la sociedad en tiempo presente. Ahora, se las arregló para hacer una sátira enraizada en el pasado de Gran Bretaña, que representa, sin dudas a nuestro mundo actual.

Él mismo da la clave cuando se extraña de que siga habiendo monarquías. “Es raro que haya monarquías en la actualidad”. Él mismo lo trae al presente.

“La favorita” ha echado mano de un capítulo olvidable de la historia, el reinado de la última de los gobernantes de la familia Estuardo, que coincide con la primera reina de la Gran Bretaña.

Anna Estuardo, quien motiva el relato, encarna la decadencia de una Casa Real que había hecho renuncias irremontables para poder continuar en el trono. Nada menos que su religión debió dejar atrás la familia, con tal de recibir la Corona. Desde la raíz más profunda, esta dinastía debe negarse a sí misma.

El asidero histórico del relato no es más que un enlace, un hilo que conecta con algún detalle de la vida real del 1700. El mismo director confiesa que no le interesa el asunto de la veracidad histórica. Si hay un anclaje biográfico está relacionado con esa zona gris de la historiografía inglesa donde las epístolas de un mandatario dan a pensar una hipótesis jamás probada. Una serie de cartas escritas por la Reina hacia su favorita la duquesa de Marlborough , Sarah Churchill, son el punto de partida para una reconstrucción de las relaciones amorosas entre la soberana y su más cercana consejera. Dentro de los hechos históricos documentados que pudieron inspirar el relato también está la caída en desgracia de Sarah Churchill y el ingreso de una nueva cortesana a quien la duquesa atribuye, en cartas históricas, su caída. Se trata de Abigail Masham, sobrina de Sarah. El triángulo define los destinos de todo un imperio, y los más altos designios son dictados por los vaivenes pasionales de la reina y las dos amantes que se la disputan.

Así como existen “expectativas de futuro”, también hay “expectativas de pasado”. Los espectadores del siglo XXI tenemos “expectativas de pasado”. Cuando se trata de esos ambientes nobles, de poder económico y grandes privilegios tendemos a suponer que todo supera en belleza nuestra realidad. La educación habrá de ser más refinada... Imaginemos la sofisticación en torno de la Reina de Inglaterra. Imaginemos la pulcritud de sus modales y la sutileza de sus diálogos, el modo político con el que se expresa gracias a una educación enteramente destinada a guardar las normas de la vida cortesana. La elegancia con que se mueve dentro de su corte y la diplomacia de relojero suizo con que trata con los embajadores y mandatarios extranjeros. Imaginemos el refinamiento de los objetos con que se rodea, el aspecto inobjetable de su apariencia, cultivada cada mañana por la cantidad de cortesanas necesarias. La decoración impecable de sus salones, la extrema educación de los sujetos que son recibidos por ella. Hemos visto decenas de películas que realizan esta recreación según nuestra “expectativa de pasado”.

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Pues si queremos imaginar La favorita, tendremos que borrar este cuadro pulcro y reescribir con una pluma que se niegue o haga un charco de tinta alternativamente. Debiéramos fantasear sobre las costumbres más repugnantes que pudiera alcanzar esa sociedad. Un hombre que se masturba ante varias personas en una galera mientras mira fijo al objeto de su deseo. Un sujeto obeso y sudoroso, completamente desnudo esquiva naranjazos y tomatazos con un biombo de fondo, mientras se burla de aquellos cuya puntería no le dan y se tapa insuficientemente los genitales en una expresión absurda de pudor. Son sólo dos de las muestras de culto a la fealdad que hay en la película.

Si éstas fueran las únicas escenas grotescas, las recordaríamos para siempre. Pero no lo son.

El film está hecho de una serie permanente de momentos que intentan trasmitirnos la miseria de un mundo rico minado por un mal gusto difícil de reeditar en la pantalla del cine.

Durante siglos, la estética ha concebido una correspondencia entre Belleza y Bien. Aunque el director es sumamente revolucionario, en esto no hace más que volver a la tradición. Lo feo es el rostro visible de lo inmoral, lo corrupto, lo dañado.

Aquí la corrupción no es una elucubración de intrigas expresadas solo en el guión. En cambio, la podredumbre moral pasa a cada aspecto visual y auditivo. Lamentablemente el director no ha tenido a mano el recurso de herir el olfato del espectador. (Todavía no ha sido inventado el cine olfativo) Si así hubiera sido, la opresión que genera esa seguidilla interminable de cosas repugnantes, caóticas, habría oprimido más incluso. Un listado de repetitivos vómitos y escatologías habrían lastimado de muerte cualquier expectación.

Pero la película es excelente. No sólo los críticos están de acuerdo en esto. El público la viene consagrando desde que se estrenó en agosto de 2018.

¿Cuál es el enigma?

La desacralización de la monarquía, uno de los objetivos del director, se cumple por medio del humor negro. El ingrediente humorístico no lo notamos de inmediato. En cambio, la recurrencia de detalles ridículos, hiperbólicos y desagradables nos va llevando a comprender que ésa es la tónica y que debemos entregarnos a la repugnancia con resignación y algo de morbo.

Pero hay detrás de la efectividad de este film otro ingrediente: se relaciona con la corriente estética en la que se inscribe la película.

La estética, rama de la filosofía que estudia la Belleza, supone naturalmente la reflexión sobre la Fealdad. Durante el siglo XX una creciente deconstrucción de los modelos tradicionales fue generando el terreno para el “culto a lo feo”.

Si en el arte tradicional había aspectos de fealdad buscados deliberadamente, se introducían para conseguir el contraste necesario y que se luciera mejor lo bello. No se renunciaba a la preeminencia de lo bello. Pongamos un ejemplo: Caravaggio pinta la escena en que Judit decapita a Holofernes en el texto bíblico. Un chorro de sangre emana como un torrente del cuello de la víctima. Pero ella conserva la belleza, el asesinado también.

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Algunos momentos históricos han utilizado más la fealdad que otros. En especial, sucedió en esos periodos en que las exigencias de una belleza necesariamente luminosa, etérea y espiritual, se hacen inalcanzables para el hombre común, de tal modo que las artes se bifurcan dando lugar a la cultura oficial y a lo grotesco, en lo que el espectador se consuela.

La Edad Media y el Barroco, antes que el Romanticismo, tuvieron esta característica. El arte grotesco respondería en ocasiones a divertir; y en otras, a impactar al espectador. A sacudirlo en su indolencia natural.

Lo mismo parece haber en esta película de Lanthimos . Un deseo de entretener, divertir, desacralizar mientras se hace una crítica violenta. Se trata de una sátira, en tal caso, porque el deseo de diversión está por debajo en importancia que el interés de criticar a aquella sociedad de la Reina Anna, que no es otra cosa que una representación de la nuestra.

El papel de la mujer es llamativamente moderno para el siglo XVIII. Evidentemente, más allá de que esté parcialmente basado en hechos verosímiles, hay una búsqueda deliberada de mostrar lo que hace la mujer cuando tiene en manos el poder.

En este sentido, la historia de la humanidad siempre nos ha corrido con el mismo argumento mentiroso: la mujer es incapaz de pensamiento racional porque no sabe domar las emociones.

El lesbianismo de la reina y sus dos favoritas aparece como un secreto pecaminoso, invertido. Podría explicarse por los valores de la época. Pero esas escenas no son tiernas, no están orientadas a generar empatía sino más bien lo contrario. Llenas de procacidades las palabras entre las amantes, los vínculos se reducen a relaciones carnales y celos que apenas dejan avizorar el elemento amor. Podría pensarse como una invectiva contra las relaciones homosexuales si no fuera porque las relaciones heterosexuales que se ven en escena resaltan por la frialdad, el desinterés por conectar, la animalidad bestial o el uso del sexo como moneda de cambio.

Los hombres están neutralizados. Y en esto recuerda más a la actualidad que a esos tiempos machistas en que las mujeres ejercían el escaso poder que tenían desde la intimidad de la alcoba, como demonios soplándole ideas al oído a sus esposos y amantes. Ninguna de ellas transitaba la sala del Trono ni los banquetes en donde se cocinaba la política a gran escala. Aquí el poder lo ejercen entre tres mujeres.

La película es una respuesta clásica, aunque parezca mentira. Busca reproducir en la forma lo mismo que desea decirse en el fondo. Es clara la burla a la idealización con la que se han construido cantidad de producciones históricas animadas por diversos propósitos críticos -denuncias de corrupción, horrores, abusos de poder- pero siempre estéticamente impecables. Aquí la podredumbre se ha quitado la careta.

Algunas escenas recuerdan a la reina de Corazones de Tim Burton, y uno espera que se caigan orejas y narices postizas en algún momento. Sin mencionar las pelucas que convierten a los hombres en una legión de marionetas idénticas.

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Hay cierta animalización de los personajes. La presentación de la vida en palacio se da, precisamente, con una carrera de gansos. Probablemente, una referencia a la carrera por llegar a la reina a tontas y a locas para tener que compartir con ella su miseria, su depresión y su embrutecimiento. El paralelo con los conejos enjaulados que conviven con la reina en su recámara es bastante directo. Como en su especie, todo parece girar en torno de la fornicación.

Ni siquiera vemos el cálculo frío. Todo es pasión y de la baja: envidias, deshonestidad, manipulación con el fin último de complacer a la soberana. Son varias docenas de conejos que duermen allí, como la expresión más cabal de su locura. Es el modo en el que la reina Anna procesó (o no procesó) la muerte de sus diecisiete vástagos. Los animalejos llevan los nombres de sus hijos nacidos y no nacidos. Las pérdidas como madre forman parte de los datos biográficos que registra el film.

La estupidez y la inestabilidad de la reina nos muestran que el destino de los pueblos puede estar en manos de desequilibrados o idiotas y de quienes se aprovechan de esas debilidades para manipularlos. También es posible detectar una crítica a las guerras sutilmente deslizada. Pero quienes bregan por la paz no son tampoco altruistas sino que cuidan que no mengüen las arcas propias con mayores impuestos. Tal es la fragilidad de un pueblo cuando todo pasa por las mismas manos crueles, ignorantes o insanas.

En esto tal vez también haya una referencia a líderes que están emergiendo hoy , en 2019, como incipientes nacionalismos personalistas que regresan.

En suma, la estética de lo feo sirve para impactar, conmocionar, sacudir al espectador. Es el aguijón del tábano socrático. El filósofo que desnuda la realidad porque la reflexiona. La ilumina con su luz que duele e incomoda. Ilumina aunque duela. Y a esto nos referíamos cuando hablamos de la sensación opresiva que sobreviene mientras miramos la película.

Por la originalidad, por una coherencia perfecta en la estética, por la maestría de los actores, el efecto de los diálogos y también por el valor que tiene la crítica social es que afirmamos que La favorita es un film que no habría que perderse.