Por Gisela Colombo
Criminal: España es una miniserie de Netflix estrenada en 2019, compuesta por tres episodios de aproximadamente cuarenta minutos, dirigida por Mariano Barroso y escrita por Alejandro Hernández y Manuel Martín Cuenca, dentro del formato internacional creado por George Kay y Jim Field Smith. El reparto estable del equipo policial está encabezado por Emma Suárez, Jorge Bosch, Álvaro Cervantes y Carlos Hipólito, mientras que cada capítulo se articula en torno a un interrogado distinto, interpretado respectivamente por Inma Cuesta, Eduard Fernández y Chani Martín.
En un panorama saturado de series policiales llenas de persecuciones, reconstrucciones forenses y giros espectaculares, Criminal: España elige la austeridad radical: una sala de interrogatorios, una mesa, una cámara que observa y la palabra como única arma. No hay escenas del crimen ni despliegue exterior. Todo ocurre en ese espacio cerrado donde la verdad no aparece como evidencia luminosa, sino como construcción de claroscuros.
Conviene situar la serie dentro de su marco internacional para comprender mejor su singularidad. Criminal fue concebida por Netflix en 2019 como un proyecto simultáneo en cuatro países —Reino Unido, Francia, Alemania y España— bajo una misma premisa formal: cada episodio transcurre exclusivamente en una sala de interrogatorios. El espacio físico es idéntico; el dispositivo narrativo también. Lo que cambia es la lengua, el equipo creativo y, sobre todo, la sensibilidad cultural.
El experimento tiene algo de laboratorio dramático: un formato mínimo que permite observar cómo distintas tradiciones interpretan la autoridad, la culpa y el poder. La versión británica tiende hacia un tono más cerebral; la francesa introduce tensiones sociales más explícitas; la alemana enfatiza la precisión procedimental. La española, en cambio, encuentra su fuerza en un realismo desacralizador profundamente reconocible.
Aquí los detectives no son héroes impolutos. Son profesionales competentes, sí, pero también vulnerables, atravesados por intuiciones, prejuicios y estrategias que a veces rozan la manipulación emocional. La ley no aparece como altar moral, sino como herramienta imperfecta ejercida por personas igualmente imperfectas. Esa mirada —tan propia de cierta tradición narrativa española— despoja a la autoridad de solemnidad y la devuelve a la escala humana.

Uno de los grandes aciertos de Criminal: España es precisamente su credibilidad. Los interrogatorios no se sienten como duelos coreografiados para el lucimiento intelectual del investigador, sino como combates verbales donde el poder oscila constantemente. A veces quien parece acorralado domina la situación; a veces el interrogador cruza líneas éticas para forzar una confesión. No hay pureza, y por eso mismo hay verdad dramática.
En ese espacio cerrado, detectives y sospechosos terminan estando inquietantemente próximos en cuestiones morales. Ambos mienten. Ambos manipulan. Ambos intentan imponer un relato. La frontera entre ley y delito no desaparece, pero se vuelve porosa, y es en esa porosidad donde la serie encuentra su tensión más profunda.
El resultado es una ficción que confía en la inteligencia del espectador. No hay música grandilocuente que indique quién tiene razón ni revelaciones diseñadas para absolver conciencias. Lo que hay es diálogo afilado, silencios significativos y actuaciones que sostienen primeros planos implacables donde cada microgesto cuenta.
Criminal: España demuestra que el verdadero suspenso no necesita acción física; necesita conflicto moral. Y al retirar el decorado heroico, lo que queda no es menos interesante: es más humano, más incómodo y, precisamente por eso, más creíble.
