Por Gisela Colombo— para Telón Pampeano
Hay una escena que resume mejor que ninguna otra el gesto de esta película: una joven de provincia, vestida de negro entre plumas y encajes ajenos, cose a escondidas la ropa de las mujeres que la rodean mientras ellas discuten sobre amantes y sombreros. Todavía no es nadie. Todavía no es, sobre todo, un nombre que un siglo después seguirá vendiendo perfume, tapado y prestigio en cualquier vidriera del mundo. "Coco antes de Chanel" (2009), de Anne Fontaine, elige contar justamente eso: no el mito, sino lo que hubo antes del mito.
La decisión es más audaz de lo que parece. El cine suele preferir a sus grandes figuras ya consagradas, en el momento en que el talento se vuelve leyenda reconocible. Fontaine hace lo contrario: recorta veinte años de la vida de Gabrielle Chanel —el orfanato, el cabaret de pueblo donde canta sin demasiada gracia, los años como amante tolerada de un rico ocioso, Étienne Balsan— y se detiene justo antes de que el nombre "Chanel" empiece a significar algo. Es una apuesta por el origen humilde por sobre el resultado glamoroso, y ahí reside buena parte de su interés: no es la historia de un genio que triunfa, sino la de una mujer que todavía no sabe que lo es.
Audrey Tautou construye ese personaje con una economía de gestos notable. Su Gabrielle no seduce por simpatía sino por incomodidad: mira de costado, contesta con sequedad, se viste distinto a las demás no por rebeldía calculada sino porque lo otro —los corsés, los volados, los sombreros con pájaros disecados— sencillamente le resulta absurdo. Ahí late la primera y más certera intuición de la película: el estilo, antes de ser una firma, fue una forma de incomodidad frente a un mundo que no terminaba de calzarle. Chanel no inventó la sobriedad como estrategia de mercado; la practicó primero como defensa personal, y el mercado llegó después a bautizarla.
Esa distinción —entre el gesto íntimo y su conversión posterior en discurso— es lo que separa a esta película de tantas biografías de artista que confunden la genialidad con el destino. Aquí no hay ningún relámpago de inspiración, ninguna escena en la que la protagonista mire un vestido y comprenda su misión histórica. Hay, en cambio, un aprendizaje hecho de necesidad y de observación paciente: Gabrielle cose porque no tiene otro modo de sobrevivir en una casa ajena, y sólo mucho después esa habilidad práctica se transforma en lenguaje propio. Fontaine parece decirnos que toda revolución del gusto empieza, casi siempre, como una simple cuestión de supervivencia.
El vínculo con Balsan, y más tarde con el inglés Arthur "Boy" Capel, ocupa el centro dramático del relato, y ahí la película arriesga su tramo más convencional: el amor imposible, la pérdida, la mujer que se refugia en el trabajo porque los hombres la decepcionan. Es el riesgo previsible de cualquier biopic sobre una mujer con poder: reducir su obra a una consecuencia del desengaño sentimental, como si crear fuera, al final, una forma elegante de consuelo. Fontaine no evita del todo esa trampa, pero la matiza con inteligencia: el duelo de Gabrielle no produce sombreros negros por casualidad estética, sino porque el luto real y el luto como forma —la elegancia despojada, la ausencia de adorno— terminan siendo, para ella, la misma cosa.

Lo que persiste, más allá de la trama sentimental, es una idea que trasciende ampliamente el mundo de la moda: la de que la libertad, cuando por fin llega, no suele anunciarse con fanfarrias. Llega con la comodidad de un pantalón robado a un hombre, con el pelo cortado por practicidad y no por manifiesto, con una camisa que no aprieta. La política —porque hay una política en esta historia, aunque la película nunca la nombre así— se filtra por los costados: por el cuerpo que decide moverse distinto antes de que exista una palabra para nombrar esa decisión.
Cien años después de que Gabrielle Chanel empezara a vestir a las mujeres como ella misma necesitaba vestirse, la pregunta que deja esta película no es demasiado distinta de la que cualquier autor se hace frente a su propia obra: ¿cuánto de lo que después el mundo llama estilo, o firma, o genio, no fue en su origen apenas la forma más honesta que alguien encontró para estar cómodo en su propia piel? "Coco antes de Chanel" no cuenta el nacimiento de una marca. Cuenta, con más honestidad de la que su título promete, el nacimiento de una manera de estar en el mundo —mucho antes de que alguien le pusiera precio.
