Por Gisela Colombo
El tiempo de las moscas es una serie que se ofrece desde estos dìas en Netflix y tiene como protagonistas a Carla Peterson y Nancy Duplaá. Es una ficción basada en la combinación de dos obras literarias diferentes de Claudia Piñeiro: Tuya y El tiempo de las moscas. Se trata de un relato de clima denso, que supone un espectador que no se incomode frente a la aspereza, que no se moleste con lo rasposa que suele ser la crítica social. Es que la incomodidad, aquí, no es un efecto secundario sino el propósito fundamental. Así fondo y forma se tornan uno. Las injusticias no son, de ningún modo, excepción, sino la misma atmósfera en la que tanto los personajes como el entorno están sumergidos.
La historia se cuenta sin estridencias, en entregas desordenadas. Con raccontos que nos ofrecen las piezas para reconstruir el rompecabezas. Y como en la resolución de un puzzle uno llega, alrededor del episodio cuatro o cinco, a la sensación de que hay algo que se perdió. Algo que no se ve hasta que todo el dilema finalmente se revela en el capítulo final.
No es novedad: la tira guarda la estructura del cuento de temática policial, pero al estilo Thriller, según el cual la investigación no es posterior sino simultánea a los hechos, donde quien intelige es a la vez víctima y protagonista de la acción.
La mosca no es solo un título ni un detalle decorativo: es un símbolo que sobrevuela toda la serie como una conciencia sucia, como un zumbido que no deja pensar en paz. La mosca aparece como lo que insiste —lo mínimo y lo insoportable—, la prueba de que hay algo podrido aunque el mundo intente maquillarse. Es el insecto de lo que vuelve: el pasado, la culpa, el crimen, la vergüenza, la violencia estructural que no se extermina con buenas intenciones. Se cuela en lo cotidiano con la misma lógica con la que la injusticia se cuela en la vida de los personajes: no es, ni más ni menos, que el sonido de la verdad, lo que ya es entropía aunque no haya mostrado sus frutos. Y como sucede con ese zumbido, la serie sugiere que lo peor no es la mosca en sí, sino la imposibilidad de ignorarla: porque lo que la mosca anuncia —la herida, la corrupción, la descomposición— no está afuera del relato, sino en su centro, como una verdad que insiste, que vuelve, que no se deja silenciar.
La dirección de Ana Katz y Benjamín Naishtat trabaja con efectividad.
Carla Peterson compone a Inés con una mezcla finísima de fragilidad y determinación: siempre a punto de quebrarse, pero con una voluntad obstinada, una inteligencia que se protege incluso cuando todo se derrumba alrededor. Lo suyo es una actuación de tensión interna: no se ve solo en lo que dice, sino en la manera de respirar, de callar, de sostenerse en pie.
A su lado, Nancy Dupláa —como La Manca— construye una presencia magnética: una dureza que no cae en el estereotipo, porque está atravesada por humor, códigos, afecto y un cansancio moral. Es una figura que impone, pero también conmueve, porque su violencia tiene historia.
Las dos retratan modos distintos de sobrevivir, dos formas de administrar la herida. En esa tensión, en ese roce, lo femenino se muestra como una condición de lucha. Hay cuerpos cansados. Hay estrategias de supervivencia. Completan el núcleo con fuerza Valeria Lois, Osqui Guzmán, Diego Velázquez, Carlos Belloso y Jimena Anganuzzi, que están para tensar el mundo, para cerrarlo como un cerco.

Lo más interesante del guion es su decisión estructural: en lugar de adaptarse a una sola obra, combina tramas y tensiones de Tuya (2005) y El tiempo de las moscas. Es una operación de montaje literario: no traslada, sino injerta; no repite, sino de reescribe. Una alquimia donde dos novelas se vuelven un mismo cuerpo, pero conservan sus cicatrices.
La serie incluye una participación especial que funciona como un sello, un “firmo aquí” narrativo: Claudia Piñeiro aparece actuando como jueza. Es un detalle breve, pero potente.
La figura de las moscas se torna, hacia el final, la insistencia y la resiliencia que convierte a las protagonistas en sobrevivientes.
En suma, recomendada para quienes disfrutan de series con tensión emocional, lectura social y personajes imperfectos pero memorables.
