Entrevista de Viviana Cavalié a Gisela Colombo, por el lanzamiento de su agencia literaria.

Gisela Colombo acaba de lanzar su propia agencia literaria y accedió a conversar con Telón Pampeano sobre las motivaciones, los desafíos y los sueños que hay detrás de esta nueva etapa. Lejos de la mirada porteño-céntrica que suele rodear al mundo editorial, la charla se centró en algo más cercano: qué significa apostar por la palabra escrita desde el interior del país, y qué lugar puede ocupar una agencia literaria en una escena cultural como la nuestra.


Viviana Cavalié: Gisela, para quienes recién se enteran de esta noticia, ¿nos contás en tus palabras qué es lo que acabás de lanzar?

Gisela Colombo: Una agencia literaria, que básicamente es un espacio de trabajo con autores, para llevar un manuscrito desde donde partió para escalar su máximo potencial. No es una editorial ni una imprenta: es un acompañamiento. Alguien que lee con atención, que hace preguntas incómodas cuando hace falta, y que después golpea puertas para que ese texto encuentre un lugar.

V.C.: ¿Hay un momento puntual, una escena, que te haya hecho decir "esto lo tengo que hacer"?

G.C.: Más que un momento fue una acumulación. Durante años leí manuscritos ajenos, de amigos, de conocidos, de gente que se animaba a mandarme algo "para que le diera una opinión". Y en algún punto me di cuenta de que ese trabajo informal, esas devoluciones a media tarde por WhatsApp, en realidad era el corazón de lo que quería hacer. Así que un día dejé de hacerlo gratis y a los saltos, y decidí hacerlo en serio.

V.C.: ¿Por qué creés que hace falta una figura como la del agente literario en un lugar como el nuestro, más alejado de los grandes centros editoriales?

G.C.: Porque la distancia geográfica hoy es más chica de lo que parece, pero la distancia simbólica sigue siendo enorme. Muchas veces un autor del interior ni siquiera se anima a mandar su manuscrito a una editorial grande porque siente que "eso no es para él". Parte de mi trabajo es decirle que sí, que también es para él, y ayudarlo a que el texto llegue en condiciones de competir con cualquier otro.

V.C.: ¿Cómo es tu manera de trabajar con un autor? ¿Cuánto de vos entra en el texto de otra persona?

G.C.: Lo menos posible, y a la vez lo suficiente. Mi trabajo no es escribir el libro que yo escribiría, sino ayudar a que ese autor escriba mejor el libro que ya está intentando escribir. A veces eso implica señalar que un personaje sobra, o que el final llega demasiado rápido. Pero la voz es del autor y debe conservar su particularidad, su adn, debe ser expresión de esa alma única del escritor.
Esto me recuerda a una reseña del Cuento “Carta a una chica en París” de Cortázar. Porque allí el autor retrata a través de conejitos que salen de su interior, los peligros de mediatizar un texto. En su caso, de traducirlo. Por eso el personaje se muda a una casa prestada y los conejitos son inconvenientes, arruinan los muebles, son tóxicos. Eso mismo pasa a todo nivel cuando el agente no comprende la premisa. Es como la mayéutica. El agente literario, como el pedagogo antiguo, debe extraer del autor lo que está en él, no imponerle nada externo. El intercambio entre autor y agente es como una consulta terapéutica. Es un espacio para charlar y evaluar tu propia obra, mejorarla, poder verla con cierta distancia, como la verías si no fuera tuya. Esto es central para cualquier creador. Y suma sobre todo porque uno debe conocer profundamente algo para saber cómo “venderlo”.

V.C.: ¿Qué tipo de autores o de historias te interesa representar?

G.C.: Los que tienen algo propio para decir. Prefiero mil veces una voz rara, con aristas, a un texto prolijo pero intercambiable. Especialmente ahora que la IA puede generar textos genéricos y muertos de espíritu, privados de una estética particular, estandarizados. Por eso ponemos énfasis en la personalización, trabajo cualitativo más que cuantitativo. Porque quiero poder acompañarlos de cerca, no coleccionar manuscritos en un cajón.

V.C.: Se suele pensar en el agente literario como alguien que negocia contratos y nada más. ¿Coincidís con esa imagen?

G.C.: Es una parte, y no la que más me entusiasma, para ser honesta. Lo que más me interesa es la conversación previa: la que se da cuando un autor todavía está dudando si su historia vale la pena, o si ese capítulo tiene que ir al principio o al final. Ahí es donde siento que realmente aporto algo.

V.C.:¿Qué le dirías a alguien de nuestra región que tiene un manuscrito guardado en un cajón y nunca se animó a mostrarlo?

G.C.: Que lo saque de ahí. Hay un versículo de la Biblia sobre esto, que dice que ninguna lámpara de aceite se enciende para meterla en un cajón. Si sos luz, estás hecho para brillar. Y todo texto que toca fibras de lo humano es una lámpara. Un texto guardado no le hace bien a nadie, ni siquiera a quien lo escribió. Un autor no vende productos perecederos, así que no hay por qué correr. Prefiero mil veces leer algo imperfecto y ayudarlo a generar algo orgánico, emblemático de un proceso interior, no que sea un ejercicio más o se pierda una historia que nunca nadie llegó a conocer.

V.C.: Para cerrar, ¿cómo te imaginás esta agencia dentro de unos años?

G.C.: Me gustaría que, cuando alguien de acá piense en mandar su manuscrito a un agente, no sienta que tiene que mudarse a Buenos Aires primero. Que la distancia no sea una excusa ni para ellos ni para mí. Si en unos años puedo decir que contribuí a que dos o tres historias pampeanas lleguen a una librería distante, para mí habrá valido la pena.
---
*Contacto: Instagram @gisela.colombo*, @gcagentelit

34f3d6df-60b4-4f6e-9e6e-fe9424e43e23.jpeg