Por Gisela Colombo
Si Miguel de Cervantes pudiera ver El cautivo, quizá moriría por segunda vez. O tal vez —más fiel a sí mismo— escribiría otro Quijote para burlarse de quienes convierten la historia en una versión complaciente de lo que hubiera sido cómodo que fuera, y no de lo que realmente fue.
La película El cautivo, escrita y dirigida por Alejandro Amenábar, se adentra en uno de los episodios más oscuros y menos transitados de la vida de Cervantes: su cautiverio en Argel tras ser capturado por corsarios en 1575, cuando aún no era el autor del Quijote ni ocupaba lugar alguno en el panteón literario. Protagonizada por Julio Peña en el papel de Miguel de Cervantes y por Alessandro Borghi como el Bajá Hasán, la película presenta a un joven soldado prisionero que, en medio de la violencia, el miedo y la humillación, encuentra en la palabra —en el relato contado y vuelto a contar— una forma precaria pero insistente de supervivencia. Completan el elenco Miguel Rellán, Fernando Tejero, Luis Callejo y José Manuel Poga. El cautivo se estrenó en 2025 y fue recibida como una apuesta ambiciosa por acercar al público contemporáneo a la figura humana del escritor antes del mito.
El relato parece haber abrevado de la fuente de Las Mil y Una Noches, en aquello de que la narrativa puede, además, salvarnos la vida.
Pero en ese intento de humanizar y actualizar a Cervantes, la película introduce una pregunta incómoda que excede lo cinematográfico y se adentra en el terreno moral. Si hoy entendemos —con razón— que no es lícito ni ético impedirle a nadie decir quién es, sexualmente hablando, ¿no resulta igualmente problemático atribuirle una identidad sexual a alguien que jamás la declaró? ¿No hay, en ese gesto, una forma distinta pero no menos violenta de apropiación, una reescritura del otro desde los valores, las urgencias y los deseos del presente?
Con todo, sería injusto no reconocer que El cautivo acierta en al menos un procedimiento profundamente cervantino. La película pone en juego la multiplicación del relato: en boca del propio Miguel circulan versiones distintas de una misma historia que narra oralmente a sus compañeros cautivos por entretener y entretenerse, por hacer soportable el confinamiento.
En efecto, vemos fragmentos que se completan, se contradicen, se niegan o se reformulan según el momento y el interlocutor. Ese ir y venir de la palabra —esa verdad siempre en fuga— remite de manera directa a El Quijote, donde los hechos nunca se presentan como un bloque cerrado, sino como un tejido de voces, perspectivas y reescrituras. Lo explica la época en que escribe el autor: acabada la ilusión renacentista en el poder irrefrenable del hombre, todo lo que se había sostenido por siglos como cierto, entra en duda. Esto mismo es característico del texto de El Quijote. En ese punto, el film no traiciona a Cervantes: dialoga con él desde su técnica más reconocible.

Cervantes sabía, mejor que nadie, que toda identidad impuesta es una forma de caricatura. Por eso su literatura se construye desde la duda, la ambigüedad y la burla a quienes creen poseer la verdad sobre los otros. El cautivo, en su afán por hacerlo legible a las sensibilidades contemporáneas, parece olvidar que el mayor acto de fidelidad hacia Cervantes no es completarlo, sino aceptar lo que en él permanece indescifrable. Quizá por eso, si viera esta película, no escribiría una respuesta airada ni un manifiesto correctivo, sino algo mucho más eficaz: una nueva sátira sobre la arrogancia de quienes, siglos después, siguen creyendo que pueden mejorar la historia corrigiendo a los muertos.
