Por Gisela Colombo

En su última temporada, El encargado ya no se apoya en el encanto inicial de su premisa —un portero que observa demasiado—, sino en algo más incómodo: la confirmación de que ver es intervenir.

La historia retoma a Eliseo en un momento de aparente estabilidad. Sigue siendo el encargado, sigue orbitando la vida de los propietarios, pero su lugar ya no es el mismo. Hay nuevas tensiones en el edificio, vínculos que se reconfiguran y amenazas —una vez más— de destituirlo. A partir de ahí, la temporada despliega su mecanismo habitual: pequeños conflictos que Eliseo no resuelve, sino que reorganiza a su favor.

No hay un gran acontecimiento que ordene la trama. Lo que hay es acumulación. Decisiones mínimas, intervenciones casi invisibles, alianzas tácitas. Eliseo escucha más de lo que habla, y cuando actúa, lo hace con una precisión que vuelve irrelevante cualquier resistencia. Mientras los demás personajes creen estar resolviendo sus propios problemas, él va trazando un mapa.

Y ese mapa es el verdadero argumento.

Hay escenas muy graciosas —de una incomodidad casi física— y otras que sorprenden justamente porque rompen el ritmo contenido que domina la narración. A eso se suma algo clave en esta temporada: una mayor apertura hacia la trastienda del personaje. No para explicarlo del todo, sino para complejizarlo, para dejar ver que incluso en su aparente control hay zonas más opacas.

En ese recorrido se vuelve más nítida su lógica. Eliseo no busca la verdad ni la justicia en un sentido abstracto. Su ética es otra: premiar o castigar en función de las intenciones que percibe en los demás. No hay principios universales, hay lecturas situadas. Cada gesto ajeno es evaluado, clasificado y, eventualmente, devuelto.

Por eso, cuando da, nunca lo hace de manera gratuita: invierte. Toda concesión es una forma de capital. Todo favor, una expectativa. El vínculo, en su mundo, es siempre transaccional.

Y ahí aparece una de las decisiones más reveladoras de la temporada: el único lazo que parecía escapar a esa lógica —el único gesto potencialmente desinteresado— se enfrenta al fracaso. No por crueldad, sino por algo más estructural: la imposibilidad de controlar. Lo que no puede ser administrado, pende de un hilo. De algún modo ésa es la idiosincrasia de Eliseo.

Ahí se vuelve evidente que el poder —tema que atraviesa todas las temporadas— no está ligado a una moral estable sino a una forma de justicia propia. Una justicia donde la venganza no es un exceso, sino una herramienta, y donde la lucidez funciona como defensa antes que como virtud.

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Pero esta vez la serie da un paso más. Se atreve a mostrar algo menos visible: la soledad del poder. No en un sentido íntimo o confesional, sino a gran escala.

Y, sosteniendo todo, un guion que entiende dónde poner el foco: no en el golpe de efecto, sino en el mecanismo. En cómo se construye una situación, en cómo se desplaza, en cómo termina beneficiando siempre al mismo.

Porque si algo deja en claro esta temporada es que el poder no depende del lugar que se ocupa, sino de la información que se maneja. Eliseo no necesita imponerse: le alcanza con entender. Cada debilidad ajena es un recurso; cada secreto, una herramienta.

Quizás ahí esté el mayor acierto: no convertir a Eliseo en un villano evidente, sino en algo más perturbador. Un operador.

En ese equilibrio vuelve a sostenerse lo mejor de la serie. Por un lado, la actuación de Guillermo Francella, cada vez más medida, más precisa, más inquietante. Por otro, el contrapunto de Gabriel Goity, que aporta una tensión distinta, menos silenciosa pero igual de eficaz. Entre ambos construyen un juego de fuerzas que evita que la historia se vuelva unidireccional. El guion también sigue haciendo la diferencia respecto a otros productos. El sello Cohn y Duprat vuelve a aterrizar con su sentido del humor orientado a los estereotipos políticamente correctos y su aguda crítica social.