Por Gisela Colombo.
Todos hacemos el relato de nuestra historia, aun cuando lo callemos. Otros, movidos por una necesidad interior, necesitan comunicarla y de ese relato se alimentan, ganan fuerza, comprenden y asumen poderes de esa comprensión. Moria Casán pertenece, desde hace décadas, a la segunda especie. Su biografía no parece haber ocurrido solamente: parece haber sido narrada, corregida, exagerada, puesta en escena y vuelta a narrar tantas veces que terminó convirtiéndose en una obra.
La serie "Moria", creada y dirigida por Javier Van de Couter, toma esa condición y la lleva hasta sus últimas consecuencias. No pretende ser una biografía convencional. La propia Moria aparece como narradora y como una suerte de titiritera de su historia, mientras Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth encarnan distintas edades de una misma mujer. Son tres Morias porque, en rigor, la serie parece sostener que nunca hubo una sola.
Y quizás allí esté su hallazgo más interesante: *Moria* puede verse como una autobiografía dramatizada, pero también como una gigantesca escena de elaboración psíquica.
Moria suele decir que nunca hizo terapia. La frase tiene algo de provocación, pero adquiere otra resonancia después de ver la serie. Porque ¿qué hizo durante toda su vida pública sino contar, revisar, confrontar, interpretar y resignificar su propia historia? La televisión fue muchas veces su consultorio sin diván. El público, su interlocutor. La exposición, el método. Ya eso aparece en las escenas de su adolescencia, cuando se la ve gozar la exposición como maestra de danzas frente a los hombres del barrio.
Ahora esa operación se vuelve visible de un modo completamente distinto. Ya no se trata solamente de escuchar a Moria explicar quién es: la vemos. Vemos a la niña, a la adolescente, a la joven que descubre su poder y a la mujer que aprende a convertir la supervivencia en identidad. Una cosa es la confesión y otra, la representación de aquello que se confiesa.
Durante años Moria contó su vida en televisión como quien domina perfectamente el relato de sí misma. Incluso cuando hacía del conflicto ajeno un espectáculo de conversación y confrontación había, además del entretenimiento, una confianza en que poner las cosas en palabras modifica la relación que tenemos con ellas. Moria devuelve ahora ese procedimiento sobre la propia protagonista: la sienta frente a su historia.
Cuando aparece Cecilia Roth, la retrospección introduce la infancia como zona de origen. Algunas características de la mujer adulta pueden entonces leerse desde allí: su aparente indolencia, su invulnerabilidad, su relación con el deseo y su desconfianza frente a las fantasías románticas.
La serie permite una lectura psicoanalítica de ese recorrido, no como diagnóstico de la persona real, sino como interpretación del personaje que construye la ficción. El conflicto edípico, la relación con las figuras parentales y el abuso del abuelo aparecen como materiales que intervienen en la formación de una mujer que parece descubrir tempranamente una verdad decisiva: su poder no reside en conseguir la pareja ideal, sino en comprobar qué produce ella en los hombres.
Ahí ocurre una inversión extraordinaria. El deseo masculino, que podría haber sido una fuente de vulnerabilidad, se transforma en instrumento de poder. Moria aprende a mirarse desde el efecto que provoca y, a partir de allí, consigue independizarse de él. El hombre puede desearla, admirarla, enamorarse, abandonarla o intentar dominarla: ninguna de esas posibilidades parece tener ya el poder suficiente para definirla.
Es como si una parte fundamental de su fortaleza proviniera precisamente de haber aprendido demasiado temprano que el amor no garantiza seguridad. Moria parece haber construido su invulnerabilidad a partir de aquello que podría haberla vuelto vulnerable.
Las actuaciones acompañan esa complejidad. Sofía Castiglione y Griselda Siciliani están extraordinarias: no imitan a Moria, la encuentran. Castiglione, además, enfrenta la dificultad de interpretar a su propia madre sin quedar atrapada en esa intimidad; Siciliani construye con enorme precisión a la mujer que todavía está descubriendo el poder que tendrá su personaje público. Cecilia Roth introduce, en cambio, una Moria atravesada por la memoria, más interior y más incómoda.
La producción reconstruye las distintas épocas con inteligencia y sin convertirlas en un museo de la nostalgia. Vestuario, maquillaje, interiores, escenarios y camarines recuperan no solo una época sino una atmósfera: ese mundo del espectáculo donde cuerpo, deseo, televisión y fama negociaban permanentemente sus límites. La dirección de Van de Couter acierta al no duplicar el exceso de Moria; cuando la serie funciona mejor, el espectáculo convive con la fragilidad.
La propia Casán ha señalado que no quería que la serie embelleciera su vida y que hubo aspectos mucho más duros de su historia que los que finalmente llegaron a la pantalla. La ficción, sin embargo, hace algo más interesante que embellecer o condenar: muestra cómo una experiencia puede transformarse en relato y, con ello, cambiar de lugar dentro de una vida.
Por eso la afirmación de que nunca hizo terapia adquiere una resonancia inesperada. Tal vez no haya habido consultorio, pero sí hubo relato. Muchísimo relato. Y cuando ese relato deja de ser mera exhibición puede convertirse en una forma de apropiación.
Porque en una terapia el pasado deja de ser solamente aquello que ocurrió y se convierte en aquello que podemos contar sobre lo ocurrido. Entre ambas cosas existe una distancia enorme: allí aparece la posibilidad de cambiar de posición.
Moria ocupa justamente ese espacio.
La niña que fue abusada no es la mujer que vemos. La joven que necesitó ser mirada no es la mujer que aprendió a manejar la mirada. La mujer que pudo haber quedado atrapada en las fantasías del amor termina convirtiéndose en alguien que parece sospechar de ellas antes de que aparezcan. Y la persona cuya vida fue tantas veces observada por los demás termina haciendo algo todavía más radical: **se convierte en autora de su propia observación.**
Quizás por eso Moria nunca necesitó demasiado un diván.
