Por Gisela Colombo

La nueva producción de Netflix sobre Emiliano “Dibu” Martínez se mueve entre el documental, la biografía deportiva y la fábula animada. Alterna entrevistas al arquero de la Selección argentina —ya convertido en figura histórica— con testimonios de su madre, su padre, su hermano, su esposa, su mejor amigo, su técnico de arqueros y hasta su maestra. A esas voces se suman escenas animadas que no solo ilustran los recuerdos, sino que los transforman en relato: una historia de esfuerzo, desarraigo, fe y perseverancia.

La película, titulada “Dibu Martínez: El pibe que ataja el tiempo”, reconstruye el camino del arquero desde Mar del Plata hasta la consagración mundial. Pero no lo hace únicamente desde el registro documental. Su rasgo más interesante está en la mirada narrativa de Hernán Casciari y en los dibujos de Liniers, una dupla que entiende que los mitos populares no siempre se explican: se cuentan, se dibujan, se agrandan apenas, como hacen los chicos cuando convierten un patio en estadio y una pelota en destino.

No resulta casual que una película sobre el “Dibu” recurra a la animación. Su propio apodo nació de un personaje de historieta que se coló en una comedia televisiva. Pero aquí la animación no funciona como un simple adorno. Los dibujos de Liniers le dan ternura a la épica, suavizan el bronce y bajan al héroe del monumento para devolverlo al territorio de la infancia, donde todavía todo puede ser sueño, juego o superpoder.

El gran acierto de la película es leer a Martínez no solo como arquero, sino como personaje profundamente argentino: un chico que se va, que extraña, que insiste, que parece inventarse una confianza desmesurada para tapar el miedo. En esa mezcla de vulnerabilidad y audacia consiste su magnetismo. Dibu no es únicamente el hombre del “mirá que te como” ni el de la atajada imposible ante Francia. Es también la figura que encarna una necesidad colectiva: creer que alguien puede sostener, con las manos, el último segundo, antes del derrumbe.

La película funciona mejor cuando no intenta explicar el fenómeno, sino abrazarlo. En el cruce entre fútbol, memoria y fábula, “El pibe que ataja el tiempo” encuentra su identidad. No es solo una biografía deportiva, sino una pequeña mitología animada sobre la perseverancia, el desarraigo y la rara belleza de llegar a tiempo. O, mejor dicho, de atajar el tiempo justo cuando parecía escaparse.

Una obra emotiva, popular y sensible. Ideal para quienes aman el fútbol, pero también para quienes disfrutan las historias de origen: esas en las que un chico común empieza, sin saberlo, a convertirse en leyenda.