Por Gisela Colombo
Entre las tantísimas opciones que ofrece la televisión española en los últimos años, está una producción que ha dado en llamarse “La Promesa” y se emitió desde enero de 2023 hasta ahora, ininterrumpidamente.
Como suele ocurrir con productos de este tipo, pensados de antemano con grandes ambiciones —sin perder el ser local, aspiran no obstante a conquistar públicos a escala global— una vez que “la aldea los consagra, van más allá, al espejismo de universalidad que constituyen las plataformas de streaming. Tal itinerario guió a esta serie también.
Creada por Studio Canal y Televisión Española, en colaboración con Bambú Producciones. La apuesta fue grande desde el principio. No solo por los recursos de producción, sino también por el horario central que se le destinó. Y si la pregunta es cómo le fue, salta a la vista con el mero observar el número de episodios que se rodaron. Después de los 119 capítulos de la primera temporada, se sumaron más de cien para la segunda y un poco más del doble para la tercera y la cuarta. En efecto, el costo inicial de 70 mil euros por episodio se mantuvo y creció durante los quinientos capítulos de la tercera y cuarta temporada.
La “telenovela” —así la clasificaron los premios EMI, tal vez los más prestigiosos de la industria televisiva a nivel mundial— fue distinguida como la mejor en su especie durante el 2024.
En este caso, la historia ofrece un sitio común para todos los personajes llamado “La Promesa”, un palacio decimonónico que se defiende de su propia destrucción en un mundo que ha cambiado y ya no tiene lugar para las grandes fortunas nobiliarias. La historia comienza en 1913, a las puertas de la Primera Guerra Mundial, aunque de la convulsión de esos años poco se filtra en ese sitio de la Provincia de Córdova, muy cercano a una pequeña ciudad llamada “Luján”.
El Reparto
Ana Garcés da vida a “Jana Expósito”, hija de una antigua criada de La Promesa, que regresa como empleada para vengar la muerte de su madre y la sustracción de su hermano recién nacido de quien, al momento de volver, ha perdido el rastro.
Cruz Esquerdo (Eva Martín), una marquesa de temer, hace pareja con el verdadero dueño de todo, Alonso de Luján (Manuel Regueiro), cuya debilidad y convencionalismo ceden el poder a su esposa. Arturo García Sancho interpreta el papel de Manuel de Luján, pareja romántica de Jana, y apasionado por la inaugural industria de la aviación. El joven no tendrá durante mucho tiempo la libertad de vivir a sus anchas ni la vocación ni ese amor casi inmediato por la nueva criada. Es que la propiedad y el marquesado estarán, en ese 1913, sumidos en deudas. Catalina, la hija mayor del marqués (Carmen Asecas), será la única que podrá detener a fuerza de parches la bancarrota. Pero para ello tendrá que desafiar los convencionalismos y tomar las riendas de la producción y las finanzas, para las que tiene genuina vocación. No será el único guiño feminista que alce la voz. Durante toda la serie veremos planteos respecto a las perspectivas de género. Lo novedoso, tal vez, sea el tratamiento que se le da también a las convenciones que se tornan represivas para los hombres. Dos personajes, el de Lope Ruiz, y el del mismo heredero Manuel de Luján, sufren las imposiciones que se les hacen a los varones también. Lope, porque quiere desarrollarse como chef y las antiguas convenciones no le permiten a un hombre alzar las sartenes y llenar las ollas. El otro, porque todo conduce a que le destinen la función de administrar económicamente las tierras de su padre, tarea que rechaza abiertamente, mientras que su hermana la desea y domina como nadie más. Manuel no acierta en rechazar esa imposición con el énfasis necesario, hasta que la misma pericia de su hermana inclina la balanza.
María Castro y Joaquín Climent encarnan a la ama de llaves y al mayordomo respectivamente. Y en las estancias de abajo donde faena el personal (lacayos, cocineras, criadas) es donde echa raíces el humor, que llega a su mayor efecto en la interpretación de Teresa Quintero, rayana con el grotesco tan propio de la cultura española.
Tal vez, una fortaleza de la historia sea el dinamismo que es capaz de sostener en el tiempo gracias a la incorporación permanente de personajes y su partida también. Diríase que, los cambios le dan aire al relato y acaban de resguardar la identidad de la serie.
No apta para quienes se inclinan hacia las historias breves, La Promesa, como su nombre lo indica, promete entretenimiento y un espectáculo visual que vale la pena, aunque a largo plazo.